miércoles, 18 de abril de 2012

CON NUEVE BASTA

CON NUEVE BASTA
Manolo, autor de dos goles ese día

  Dos de diciembre de mil novecientos noventa. Partido en el Vicente Calderón, cinco de la tarde. Rival: el Zaragoza, en la jornada decimotercera del Campeonato de Liga 1990-91. Ambiente gélido, con neblina que se iba acentuando según caía la tarde. Nos encontrábamos ya en época de Adviento, en las proximidades de las fiestas navideñas. Y como regalo anticipado de Navidad, nuestros jugadores nos agasajaron con uno de los partidos más intensos y emocionantes que jamás se haya disputado en nuestro estadio. No sirvió para ganar ningún título, pero todos los que allí estuvimos jamás olvidaremos la portentosa exhibición del equipo, el coraje y garra que derrocharon, sin olvidar la calidad que tuvieron que demostrar. Un partido imperecedero.
  Y es que éste en concreto es recordado por la fiel hinchada colchonera por varios motivos en particular. Primero, por ser el partido en el que ganamos con nueve sobre el campo (aquí tengo que confesar desolado que mi memoria me ha traicionado; yo creía recordar que nos expulsaron a tres jugadores y que por ende finalizamos el encuentro con ocho. Por ese motivo, tenía pensado titular el artículo “Con ocho basta”, parafraseando la popular serie estadounidense televisa de los años ochenta. Pero al consultar bibliografía he comprobado que expulsaron sólo a dos. Tampoco está mal ganar jugando nueve contra once, ¿verdad?. Comprobado mi error memorístico, he tenido que adaptar el título del artículo). Segundo, porque pese a ello, vencimos por goleada de cuatro goles a cero. Tercero, porque uno de los goles lo anotó nuestro defensa lateral derecho Tomás, y eso es verdaderamente noticioso, ya que fue el único que logró en el estadio Vicente Calderón (aparte de éste, sólo marcó otro gol más con nuestra camiseta, en la jornada decimoséptima de la temporada 1988-89,  el ocho de enero de mil novecientos ochenta y nueve, en el empate a uno contra el Murcia en La Condomina, adelantando a nuestro equipo en el minuto 74 con un zurdazo lejano, desde la posición de lateral derecho, que entró por toda la escuadra del cancerbero murcianista Amador, y que poco después igualaría el delantero gaditano Mejías II). Cuarto, porque el último gol lo marcaría Manolo (precisamente ex-murcianista) en una medida vaselina por encima de un portero de tantísima estatura como lo era Cedrún. Quinto, porque este partido se encuentra dentro de la mítica marca de 1275 minutos ligueros imbatido de nuestro guardameta Abel Resino, desde que el entonces mallorquinista Claudio le batiera en el minuto 30 de la anterior jornada hasta que lo volviera a hacer el entonces sportinguista Luis Enrique en el minuto 45 de la vigésimo-sexta jornada. Y sexto y último, y quizá el más importante, porque todos pudimos disfrutar con una de las más inolvidables y portentosas actuaciones individuales que jamás se haya podido presenciar sobre el césped de nuestro estadio, y que no fue otra que la de nuestro delantero, pequeño de estatura, grande de calidad, Sabas (¡y eso que apenas estuvo veintitrés minutos sobre el terreno de juego!).
  El árbitro del encuentro, el que expulsó a dos de los nuestros, era el gallego Bello Blanco que, sin llegar a figurar en la lista negra de los colegiados que, dicho eufemísticamente, no nos han sido excesivamente favorables, como Guruceta, Álvarez Margüenda o Mazorra Freire, lo cierto es que no tenía excesiva calidad e hizo un partido francamente calamitoso.
Rodax anotó el primero de penalti
  Nuestro entrenador esa temporada era el croata Tomislav Ivic (recientemente fallecido, el día veinticuatro de junio de dos mil once). O mejor dicho, el entrenador de esa jornada, ya que la pretemporada la inició Joaquín Peiró, cesado por la impaciencia de Jesús Gil antes de iniciarse la temporada propiamente dicha, tras dar mala imagen en el gaditano trofeo Ramón de Carranza. Y pese a la buena temporada general realizada por Ivic, no llegó a terminarla, dado que fue cesado poco antes de su finalización, entrenando Ovejero al equipo en la final de Copa que se ganaría esa temporada al Mallorca en el estadio Santiago Bernabéu, por uno a cero, con el recordado gol de Alfredo, el día veintinueve de junio de mil novecientos noventa y uno.
  La alineación fue la siguiente: Abel; Tomás, Donato, Juanito, Solozábal, Juan Carlos; Alfredo, Vizcaíno, Manolo; Rodax y Futre. Pizo Gómez sustituyó a Alfredo en el minuto 74, y Sabas a Rodax en el 67. Con Ivic de entrenador, jugábamos con cinco en defensa. Dos laterales que tenían encomendada no tan sólo la función defensiva, sino también la de atacar por su banda, como eran el gallego Tomás y el vallisoletano Juan Carlos. Y tres defensas centrales, Donato por la derecha, Solozábal por la izquierda ya que, pese a ser diestro, manejaba con eficacia la pierna zurda. Y el canario Juanito por el centro, cortando con contundencia cualquier descuido de sus compañeros. Dos centrocampistas de calidad y trabajo por partes iguales, Vizcaíno y Alfredo, ayudados por las subidas de los laterales y además por el extremeño Manolo, que ejercía de enganche entre la línea media y la delantera. Y dos delanteros, uno con más movilidad, Futre, y el otro más estático y rematador, el austriaco Rodax, fichado esa misma temporada tras ser Bota de Plata europeo y disputar un más que aceptable Mundial de Italia 90 y que no respondió a las expectativas creadas por lo que fue la única que disputó de rojiblanco madrileño. En elogio de Ivic y sin que suponga detrimento de las innegables cualidades de Abel, lo cierto es que a su record de imbatibilidad contribuyó sobremanera el enorme trabajo y concentración defensiva que consiguió inculcar a sus jugadores, y del que sin duda el mejor exponente es el partido que hoy nos ocupa. Pese a la pérdida de efectivos, los que quedaron sobre el terreno se las apañaron para no conceder una sola jugada de peligro al equipo zaragocista. Algo que en temporadas recientes hemos echado bastante de menos, ¿no es así?.
Juan Carlos, segundo expulsado
  El partido comenzó con nuestro equipo llevando el control del juego. Los rivales maños agazapados en su área, esperando la ocasión propicia para salir al contragolpe y obtener éxito. En el minuto veintiséis, dudoso (lo cual probablemente quiera decir que no existió) penalti sobre Futre. Pero entonces a todos nos pareció indiscutible. Lo marca Rodax, con una de sus evidentes cualidades, la potencia y violencia en el disparo, con un fuerte derechazo a la diestra del portero. Poco después, minuto treinta y tres, se inicia el maremágnum en el estadio. Probablemente encorajinado por el reciente penalti que a su parecer no debiera haberse señalado, entrada brutal del defensa central Aguado (en esta ocasión sí fue el 6) a Futre, digna de expulsión fulminante, éste repele la agresión con un ligero empujón por la espalda, el árbitro ve tan sólo la segunda acción como merecedora de expulsión, pero no la primera, que quedó en simple tarjeta amarilla, ante la indignación de la grada.

Sabas, la estrella del día
  A partir de allí, es nuestro equipo el que cede terreno y se dedica a esperar más cerca de nuestra área a los rivales. Pero, como ya anticipé con anterioridad, pese a la ventaja numérica, no lograron crear una sola ocasión de verdadero peligro. Dadas las circunstancias, durante un buen lapso de tiempo Abel y nuestra defensa tuvieron una jornada apacible, gracias a su colocación y concentración. Sabas sustituye a Rodax en el minuto sesenta y siete, en lo que iba a ser una de las claves del encuentro. Juan Sabas era un delantero pequeñito y batallador, fichado esa misma temporada por expreso deseo del Presidente, tras haber destacado en las canchas madrileñas con el Pegaso y ya en Primera División con el Rayo Vallecano. Permanecería en nuestro equipo cuatro temporadas, en las que nunca llegó a ser titular indiscutible. Se convirtió en especialista, en ser un revulsivo desde el banquillo, como sin duda lo fue en este partido que apenas era el tercero que jugaba, tras haber disputado unos pocos minutos en las jornadas séptima, contra el Sporting de Gijón, con gol incluido, el día del debut de Schuster, y octava, contra el Burgos.
  Y la placidez que imperaba se ve de nuevo alterada poco después. Minuto 70. Después de la de la primera parte por leves protestas, segunda tarjeta amarilla, por una falta como otra cualquiera, al lateral izquierdo (aunque en realidad era diestro) Juan Carlos, llegado dos temporadas antes del Valladolid y uno de tantos jugadores que fueran fichados por destacar en sus equipos para luego no colmar expectativas en el Aleti. Entre la afición se destacó la indignación de la nueva injusta expulsión. Pero a partir de ahí llegó lo mejor.
  El Zaragoza, dadas las favorables circunstancias, se decide (se ve obligado) a atacar más. Pero no mejor. Nuestra zaga (nuestro equipo en general, puesto que allí todos defendían) resuelve los ataques sin excesivos problemas. Y no sólo eso. Despliega unos fulminantes contragolpes, todos ellos comandados por Sabas, que era un espectáculo verlo coger la pelota e irse hacia un lado u otro sin que ningún adversario pudiera llegar a quitársela. En uno de esos jugadones, en el minuto setenta y cinco, Sabas se va de media defensa por la parte izquierda del ataque, hasta la línea de fondo y cede a Manolo, que bate a Cedrún de disparo elevado con la izquierda. Dos a cero en el marcador.
  Parecería que el Zaragoza debía atacar. Pero siguió sin disparar a puerta. En realidad, era el Aleti el que llegaba una y otra vez con peligro. El propio Sabas dispuso de un par de buenas ocasiones que no llegaron a fructificar. Lo suyo ese día era facilitar los goles, no hacerlos.
  De manera que ya poco antes del final, en el minuto ochenta y seis, llegó el anunciado gol de Tomás. Nuevo jugadón de Sabas, esta vez por la parte derecha del ataque, tras recibir un pase largo desde el lateral izquierdo del propio inminente goleador, que había ocupado la vacante dejada por el expulsado Juan Carlos, pasando Pizo Gómez al lateral derecho, se va hasta la línea de fondo, allí da el pase de la muerte, que atraviesa cerca de la línea de gol entre compañeros y adversarios, penalti flagrante a Manolo incluido, hasta que llega a Tomás, que siendo defensa lateral derecho (en ese momento izquierdo), ganando por dos goles a cero y a cuatro minutos del final, había acompañado la jugada y, llegando desde la banda contraria, estaba a un metro escaso de la portería, para empujarla con su pie derecho y anotar el tres a cero, ante la alegría generalizada de la afición rojiblanca, esa locura contagiosa (y aún más acentuada ante las adversidades) que tan sólo aquellos que hayan podido disfrutar de ella en las gradas del estadio Vicente Calderón podrán saber a lo que me estoy refiriendo.
  Y no acabó ahí. Cuatro minutos después, en el noventa, nueva excelsa jugada de Sabas, en esta ocasión pase medido desde la banda izquierda a Manolo, que se encuentra a apenas un metro de distancia de Cedrún, cerca del área pequeña y el delantero es capaz de confeccionar una vaselina a medida que se aloja de nuevo (¡y es el cuatro a cero!) en las redes, burlando inverosímilmente los casi dos metros de portero que tenía enfrente.
  Antes de este último gol, segunda tarjeta amarilla a Aguado, que les sirvió para argumentar que habían perdido nueve contra diez. Y así acabó uno de esos partidos que jamás podremos olvidar, uno de los que nos hace sentirnos orgullosos de haber tenido esos jugadores y de defender a muerte, a pesar de las múltiples penalidades, penurias y contratiempos, nuestros colores rojo y blanco. Para quienes deseen o bien verlo por primera vez o bien revivirlo el resumen del partido es fácilmente localizable en Youtube.         


JOSÉ MIGUEL AVELLO LÓPEZ

jueves, 12 de abril de 2012

LUIZ PEREIRA




LUIZ PEREIRA.

  Fue indudablemente uno de los jugadores más carismáticos, representativos e importantes de nuestro equipo en la década de los setenta. Ofreció tardes y noches continuadas de su buen hacer como libre (en esa época, al predominar el marcaje al hombre, no existían dos defensas centrales, como ahora, sino uno sólo y, a su lado, otro que “libraba”). Y cuando a cualquier buen aficionado se le cuestiona sobre cual haya podido ser el mejor defensa de nuestra Historia, su nombre es siempre uno de los primeros en acudir a la memoria.
  Edmundo Luiz Pereira nació en Juazeiro, Brasil, el día veintiuno de junio de mil novecientos cuarenta y nueve. Con diecinueve años ficha por el Palmeiras (en unión del mítico portero de la Selección brasileña, Leao), donde sus destacadas actuaciones le llevan al combinado nacional, con el que disputa el Mundial de Alemania 74, jugando seis partidos (todos menos la final de consolación contra Polonia) y concluye en cuarta posición. Continuó sumando entorchados con su selección hasta alcanzar la cifra de treinta y ocho internacionalidades.
  Pocos años después, el Atlético de Madrid estaba a punto de comenzar la temporada 1975-76. Durante la pretemporada había contado con dos brasileños llamados Sena e Ivo, ambos mediocampistas, que habían dejado mucho que desear. Mientras tanto, se disputaba la final del trofeo Ramón de Carranza, el más tradicional e importante de los trofeos veraniegos españoles (con permiso del Teresa Herrera), que consuetudinariamente tenía lugar a finales de agosto, el último fin de semana antes del comienzo del campeonato liguero (esa tradición se ha alterado últimamente, al tener que habilitar fechas para la Supercopa de España y para un encuentro de selecciones). Comoquiera que tanto Luiz Pereira como su compatriota Leivinha destacaban sobremanera en ese Palmeiras, que llevaba dos años consecutivos ganando el trofeo, el Vicepresidente Salvador Santos Campano, en una operación “express” en el avión que llevaba al equipo de vuelta a su país, logró fichar para nuestro equipo a ambos astros brasileños, que según aterrizaron cogieron otro vuelo de retorno a España. Recuerdo que la rapidez y la importancia del fichaje nos pilló a todos los seguidores rojiblancos por sorpresa. Yo, en concreto, tras oír la noticia por la radio, me vi a mí mismo botando en la cama de alegría. También recuerdo que la premura de los fichajes tuvo consecuencias en los cromos de la Liga de esa temporada ya que, si bien el resto de futbolistas aparecían en posición acuclillada, los dos brasileños tuvieron que aparecer, en la sección de últimos fichajes,  en posición de busto, al no poder obtener una fotografía similar a la del resto de jugadores del álbum.    
  Debutó, en unión de Leivinha, el día veintiocho de septiembre de mil novecientos noventa y cinco, en la cuarta jornada de Liga, contra el Salamanca. Se ganó por cuatro a uno. Leivinha tuvo un debut soñado, al marcar tres goles al cancerbero D´Alesandro, futuro entrenador nuestro. Ayala, de penalti, logró el cuarto (en realidad, el primero en marcarse). En esos primeros tiempos parecía que el delantero encajaba mejor con la grada, ya que Luiz Pereira todavía no había llegado a desplegar todas sus virtudes, pero con el paso del tiempo se invertirían las posiciones y el defensa llegaría a adelantar a Leivinha en la mitología atlética, sin duda debido entre otras causas a la desafortunada serie de lesiones que acosaron a este último.
  Luiz Pereira era un defensor sumamente elegante, pese a que al verle andar y correr pudiera tener cierto aire patizambo. Con su sempiterno collar de cuentas verdes en el cuello (algo que por cierto hoy el Reglamento no permitiría) era un espectáculo verle salir con el balón controlado desde el fondo de la zaga, haciendo regates y caños (de estos últimos, no tantos como la leyenda nos ha hecho llegar; y sobre todo, no a un metro de la portería, como he podido leer en algún artículo de documentación) a los delanteros rivales, a los que por otra parte arrebataba el balón una y otra vez sin aparente esfuerzo, por mera colocación. En este aspecto son legendarios sus partidos contra el barcelonista Johan Cruyff. Fue uno de los primeros defensas que se pudieron ver en España con esa calidad en la salida del balón, dado que hasta entonces primaba el central aguerrido y contundente. Precisamente uno de sus últimos compañeros en el centro de la zaga, el recientemente fallecido Arteche, aprendió muchísimo de él, logrando transformar su juego desde que llegó de uno más primario a otro más evolucionado. También destacaba por su faceta goleadora, lo cual era igualmente novedoso para la época, puesto que, pese a ser defensa, se incorporaba con frecuencia al ataque y logró un buen número de goles.
  Otra de sus características era la eterna sonrisa que lucía, incluso en pleno transcurso del juego, lo que le convertía en un jugador simpático incluso para las aficiones rivales. En este sentido, cabe recordar una anécdota que ya anuncié en un anterior artículo, el relativo a “Indios y vikingos”. El día cuatro de mayo de mil novecientos ochenta, en la trigésimo-segunda y antepenúltima jornada de Liga, derbi en el Santiago Bernabéu (sería el último para él), con derrota por cuatro goles a cero (dos goles de cabeza de Santillana y Roberto Martínez y dos autogoles de Arteche y Sierra), desde el fondo sur los aficionados ultras madridistas, con indudables aires de bufa no exentos de tintes racistas, le increpaban al grito de “que baile Pereira, que baile Pereira”. Por cierto, abro paréntesis: aunque no tenga mucho que ver con este artículo no me resisto a dejar de recordar el para mí más deleznable y vergonzante espectáculo de características racistas que he podido comprobar en directo, y que hoy en día (¡afortunadamente la sociedad evoluciona!) hubiera acarreado gravísimas consecuencias, y que no es otro que el abucheo generalizado y la imitación del tristemente famoso grito del mono (no de unos pocos, como siempre se dice en estos casos, sino de la práctica totalidad del estadio, ya que los que no lo hacían, al menos reían la gracia) que con motivo de otro derbi en el Bernabéu (jornada vigésimo-cuarta de la Liga 1993-94, celebrada el día diecinueve de febrero de mil novecientos noventa y cuatro)  tuvo que sufrir nuestro jugador costamarfileño Maguy. Se perdió por un gol a cero, anotado cerca del final por el efímero Morales, tras un descomunal encuentro de Superlópez. Fin del paréntesis y sigo con Pereira. Con motivo de un córner dichos gritos de mofa se reiteraron, pero el interpelado no lograba entenderlos. Le preguntó a nuestro guardameta Navarro sobre ellos y, una vez que logró identificarlos, ni corto ni perezoso atendió con gusto dicha petición y con la sonrisa en la boca se puso a bailar y a mover la cadera en plena área pequeña, antes del lanzamiento del saque de esquina. Desarmados en sus provocaciones, los ultras madridistas tuvieron al menos a continuación el detalle de buen humor de cambiar el grito por el de “Pereira a Eurovisión, Pereira a Eurovisión”.
  Con nuestro club logró ganar la Copa de 1976, que figura oficialmente en su palmarés aunque en esa temporada no pudieran disputarla jugadores extranjeros y, sobre todo, la Liga de la siguiente, 1976-77, la octava y penúltima de nuestro club, ya que tan sólo se añadiría después como novena la del año del doblete. En esa temporada recuerdo en un partido televisado contra Las Palmas, celebrado en el Calderón el día diez de abril de mil novecientos setenta y siete, vigésimo-novena jornada de Liga, con victoria por un gol a cero, anotado cerca de final por nuestro delantero centro de esa temporada, Rubén Cano, uno de los mejores ejemplos de talento individual que nos ofreció Luiz Pereira. Luego lo he visto hacer en más ocasiones (recientemente a Piqué, por ejemplo), pero en esos momentos fue para mí una novedad absoluta. Acosado por dos delanteros rivales, le encerraron en una esquina del terreno de juego, al lado del banderín del córner, mientras nuestro defensa pisaba el balón y lo protegía con el cuerpo. En lugar de dar un patadón y echarlo fuera por la línea de banda o de fondo, lo elevó, dio tres toques con él en el aire para, una vez que había alcanzado la posición deseada, despejarlo hacia atrás con una fuerte patada que además, para mayor eficacia de la jugada, cayó sobre uno de sus compañeros.        
  Luiz Pereira jugó en total cinco gloriosas temporadas en nuestro club, hasta la finalización de la 1979-80. Ofreció un rendimiento, además de espectacular, sumamente regular, como se aprecia en la lista de partidos jugados en las mismas: veintiuno, treinta y dos, treinta, treinta y uno y veintinueve, anotando respectivamente tres, cuatro, dos, dos y tres goles. En total, 143 encuentros de Liga y catorce dianas. A lo que hay que añadir además doce encuentros más de Copa del Rey, una vez que pudieron jugarla los jugadores extranjeros, tres en su penúltima campaña y nueve en la última. Cuatro encuentros de Copa de Europa, en la temporada 1977-78, donde anotó un gol en la ida de los dieciseisavos de final contra el Dinamo de Bucarest, con derrota por dos goles a uno, que luego se remontaría en Madrid, como ya se trató en el artículo correspondiente a Benegas, héroe de dicho partido. Ocho (todos los disputados) en la Recopa de la temporada 1976-77, donde caímos en semifinales contra el Hamburgo, victoria por tres  a uno en Madrid, goles de Rubén Cano en dos ocasiones y Leal y debacle, derrota por tres a cero, en Alemania. Y finalmente, dos de la copa de la UEFA en su última temporada, la 1979-80, los únicos dos celebrados, puesto que nos eliminó en la primera eliminatoria, treintaidosavos de final, el Dinamo de Dresde de la Alemania Democrática, con sendas derrotas por un gol (otra vez de Rubén Cano) a dos en Madrid y tres a cero en Alemania. Luego volvió a Brasil, donde jugó en diversos equipos (de nuevo Palmeiras, Portuguesa, Sao Paulo y Corinthians) hasta los cuarenta años. Actualmente ejerce el cargo de Presidente de nuestro primer filial, Atlético de Madrid B.
  Siempre en el recuerdo, los que le vimos jugar podemos afirmar con toda certeza y sin ningún atisbo de duda que pudimos disfrutar de uno de los mejores defensas libres de toda la Historia del balompié. 


JOSÉ MIGUEL AVELLO LÓPEZ

martes, 3 de abril de 2012

UNA DE CINE

UNA DE CINE.

  Fútbol y cine. Dos actividades de la vida que rara vez aparecen unidas. Y que sin embargo los amantes de ambas desearíamos que se acercaran con más frecuencia y efectividad. En el artículo de hoy me propongo hacer un breve recorrido sobre aquellas películas que hagan referencia no al fútbol en general, sino al Atlético de Madrid en particular. No son muchas, al menos yo no tengo muchas catalogadas. Y además, evidentemente en ninguna de ellas se trata de la temática principal, sino meras alusiones tangenciales. Cualquier aportación y/o adición a las que aquí voy a repasar sería muy bien recibida.
  Como introducción previa, cabe resaltar que el escaso número existente de películas sobre fútbol se debe a ser un deporte que tradicionalmente no ha encontrado un fuerte arraigo popular en los Estados Unidos y, por ende, en la meca del Cine, Hollywood. A diferencia de otros deportes genuinamente yanquis, donde sí se ha conseguido trasladar a la pantalla la emoción y esencia del juego, como el béisbol, el fútbol americano, el boxeo, el baloncesto o incluso el hockey hielo. En un breve y somero repaso, y siempre desde el punto de vista de mis gustos personales, expongo las principales películas sobre dichos deportes (lo que no quiere decir que a mí me gusten, aunque sí la mayoría de ellas). En mi opinión, las dos mejores sobre béisbol son “El orgullo de los yanquis”, de Sam Wood, 1942, con Gary Cooper, y “Ellas dan el golpe” (absurda traducción española para el título original de “A league of their own”, que se podría traducir como “Su propia liga”, y que es mucho más coherente con la temática de la película), de Penny Marshall, 1992, con Tom Hanks y Geena Davis.
  Sobre fútbol americano, destacan, si bien en la primera de ellas en una referencia circunstancial: “En bandeja de plata”, del maestro Billy Wilder, 1966, con Jack Lemmon y Walter Matthau, y “Un domingo cualquiera”, de Oliver Stone, 1999, con Al Pacino. Sobre boxeo, además de la saga de “Rocky” (algunas de ellas son muy buenas; recordemos que la primera, de John G. Avildsen, ganó el Oscar a mejor película en 1976), destaca “Toro Salvaje”, de Martin Scorsese, 1980, con Robert de Niro, y un sinfín de películas de cine negro que se introducen en el mundillo de las entonces doce (ahora dieciséis) cuerdas. Sobre baloncesto, estimo que la principal podría ser “Hoosiers, más que ídolos”, de Davis Anspaugh, 1986, con Gene Hackman. Y sobre hockey hielo, en tono de comedia muy bufa y desaforada, pero logrando traspasar la pantalla en cuanto a la esencia del juego, creo que merece citarse “El castañazo”, de George Roy Hill, 1977, con Paul Newman. En todas ellas se logra plasmar y traducir la grandeza del deporte en cuestión, resaltando su emotividad, sus virtudes de apego al público, así como sus puntos sucios y oscuros.
  Sin embargo, remarco que no existe ninguna película estadounidense relevante sobre fútbol, si acaso con la excepción que luego veremos. Son algo más frecuentes en el ámbito europeo, donde es un deporte mucho más integrado en la cultura popular y en la sociedad. Pero a su vez, en España y en Europa chocan contra otro obstáculo de consideración, cual es el recelo, la desconfianza y el desapego con que tradicional y recurrentemente la élite intelectual observa el deporte en general y el fútbol en particular, considerándolo actividades alejadas de poder elevar el espíritu humano. Afortunadamente, parece que esa concepción trasnochada y obsoleta está desapareciendo, y cada vez son más los intelectuales que sin ningún tipo de ambage reconocen que les gusta el fútbol y que disfrutan y vibran con él, como lo hace el resto de los mortales.
  Esta es unas de las principales tesis mantenidas, que comparto plenamente, en el excelente libro, altamente recomendable, “Fútbol y Cine”, de Carlos Marañón (hijo del que en los años setenta fuera extremo izquierdo del Real Madrid, Español y Selección española, donde llegó a jugar cuatro partidos, siendo uno de los pocos jugadores que se quedó sin jugar tras acudir al Mundial de Argentina 78, Rafael Marañón). También en dicho libro, y además con mayor énfasis en otro reciente del mismo autor, “Un partido de leyenda”, monográfico sobre el filme, se defiende como principal película sobre fútbol la estadounidense (la excepción que antes anunciábamos) “Evasión o victoria”, de John Huston, 1981, con Michael Caine, Sylvester Stallone, Max Von Sydow y diversos futbolistas metidos circunstancialmente a actores, como Pelé, Ardiles, Bobby Moore, Thorensen o Wark. También comparto eso plenamente. Y si no la mejor, que siempre habrá voces discordantes, es indudable que al menos la más famosa. Cierto es que, como en el prólogo del libro primeramente citado señala Santiago Segurola, las escenas de fútbol están rodadas en un tono grotesco o caricaturesco, sin lograr incluir plenamente la excelencia del juego. Pero sí logra plasmar no obstante la emoción y la emotividad de un juego tan hermoso como es el fútbol. Además, considero que se trata de una película que envejece cada vez mejor, y que las nuevas generaciones que van accediendo a ella se sienten igual de subyugados, sino más, que los que la gozamos en su estreno, tanto por su lenguaje estrictamente cinematográfico como por el futbolístico (¡inolvidables tanto la chilena de Pelé como, sobre todo para mí, el inverosímil regate de Ardiles!).
  Y tras esta introducción, que no sé si era imprescindible, como siempre se dice de todas las introducciones, pero que a mí me apetecía hacerla, volvemos al punto anunciado al principio de este artículo: películas en las que salga, se mencione o se haga referencia al Atlético de Madrid. Como es obvio, todas son españolas. Yo recuerdo las siguientes, por orden estrictamente cronológico:     
  En primer lugar, “El destino se disculpa”, de José Luis Sáenz de Heredia, de 1945, basada en un cuento de Wenceslao Fernández- Florez. Se trata de dos amigos, uno dramaturgo (Rafael Durán) y otro actor (Fernando Fernán-Gómez), que representa en la escena los dramas que escribe el primero, que ante su estrepitoso éxito en la ciudad provinciana en la que viven se trasladan a Madrid para alcanzarlo también en la capital. Huelga decir que no lo consiguen. Sin embargo, el primero sí que lo obtiene, pero en otra faceta, la de comentarista radiofónico, por mera casualidad. Se le pegan unos papeles en la suela del zapato que resultan ser unas entradas para un reñido derbi entre nuestro equipo y el Real Madrid. Al comentarista que cubría para la radio el evento a pie de campo, tras la línea de banda, un inoportuno pelotazo le deja inconsciente, por lo que el personaje de Rafael Durán recoge voluntariamente el micrófono y narra lo que resta del partido con tal vehemencia e intensidad que es inmediatamente contratado por la emisora. Y cabría añadir con tal parcialidad puesto que su personaje, sin ningún tipo de disimulo, se muestra claramente favorable al equipo blanco. Supongo que por instrucción tajante del director de la película, que era un furibundo madridista. Por cierto, todas las tomas se centran en primeros planos del actor, no apareciendo en pantalla lance alguno del juego. La trama continúa con un desarrollo fantasioso que no se va a desvelar aquí, pero que la convierte en una excelente película.
  En segundo lugar, recuerdo “El fenómeno”, de José María Elorrieta, 1956, de nuevo con Fernando Fernán-Gómez como actor principal. En esta ocasión, el argumento versa sobre un catedrático de la Universidad de Frankfurt que, a su llegada al aeropuerto de Madrid, es confundido con un famoso jugador ruso recientemente fichado por un imaginario equipo madrileño. Obligado a entrenar y jugar un personaje que desconoce todo sobre este deporte, da lugar a unas hilarantes situaciones, no desprovistas de lecciones éticas y morales (en la trama se introducen sobornos a compañeros de equipo). En ningún momento se menta el nombre de nuestro equipo, pero en el cartel de la película el actor principal aparece vestido con una camiseta a rayas rojas y blancas. Y en el desarrollo, se mezcla en primer lugar vestido de calle, en escenas que parecen filmadas con cámara oculta, con espectadores que acuden al estadio Metropolitano, y más tarde, ya ataviado de futbolista, se acerca en los prolegómenos del partido y se hace fotos con los auténticos jugadores del Atlético de Madrid. Los seguidores más veteranos pueden jugar a reconocer a los que allí aparecen.
  Dando un gran salto en el tiempo, llegamos a diferentes películas de la misma época, todas ellas dirigidas por un insigne atlético, José Luis Garci. Como parte de su pasión rojiblanca, parece jugar a incluir referencias atléticas en la casi totalidad de sus obras, al menos en su época inicial. En la primera de ellas, “Asignatura pendiente”, del año 1977, no se plasma en pantalla escena futbolera alguna, pero el personaje del abogado que representa José Sacristán recuerda en varios momentos que acude todos los domingos de fútbol en compañía de su hijo a los partidos que disputa el Atlético de Madrid.
   En “Las verdes praderas”, de 1979, el personaje de Alfredo Landa oye por la radio mientras trabaja en su chalet de la sierra en domingo por la tarde un reñido derbi entre los eternos rivales madrileños, con expresas referencias a figuras de la época como Leivinha. 
  La siguiente es la oscarizada “Volver a empezar”, del año 1982, donde Garci reúne dos de sus grandes pasiones: Asturias y el Atlético de Madrid. Recordemos que la película trata de un científico español (Antonio Ferrandis), exiliado en Estados Unidos que, ante la detección de un cáncer terminal, decide visitar la ciudad de Gijón, donde se encuentran sus compañeros (José Bódalo) y su amada (Encarna Paso) de juventud. También aparecen en papeles no protagonistas, pero memorables, Agustín González y Gabino Diego. Como el personaje de Ferrandis fue en sus años mozos jugador del Sporting de Gijón, además de dar una charla a sus actuales componentes, entre los que aparecen en la pantalla jugadores como Maceda o entrenadores como Novoa o Vicente Miera (que luego, al paso de los años, sería entrenador nuestro durante media temporada, la 1986-87), acude a presenciar un partido entre ese equipo rojiblanco y el nuestro, que por coincidencia obvia de colores viste camiseta roja. En un estadio “El Molinón” en obras con motivo del inminente Mundial de España 82, se ruedan escenas reales de fútbol, apareciendo jugadores nuestros como Marcos o Rubio. El partido se celebró realmente el día dieciocho de octubre de mil novecientos ochenta y uno, jornada sexta de Liga, y concluyó con victoria sportinguista por tres goles a dos, marcando nosotros en primer lugar, obra de Ruiz, remontando el ariete portugués Gomes con dos goles, después el mediocampista Joaquín (futuro mundialista en España 82) hizo el 3-1 en un flagrante error de nuestro guardameta Aguinaga, descontó Mínguez e hizo el definitivo 3 a 2, para concluir el partido marrando Dirceu un penalti que hubiera supuesto el empate a tres.
  En “El crack 2”, de 1983, aparece en la emotiva escena en la que se arrojan las cenizas de “El Moro” (Miguel Rellán) al río Manzanares el estadio Vicente Calderón, en una preciosa toma urbana nocturna tan característica de su autor. Y además, mientras el propio personaje y Alfredo Landa efectúan una labor de investigación en el Templo de Debod, mantienen para disimular una animada charla sobre una de las leyendas rojiblancas, el delantero Escudero.
  Poco después, en 1984, Garci rueda otra excelente película, “Sesión continua”, cine dentro del cine, donde se muestra a un guionista (Adolfo Marsillach) y un director (Jesús Puente) que trabajan para un productor cascarrabias (José Bódalo), en el proceso creativo de su nueva obra. En un episodio de la película, los dos protagonistas principales acuden al palco del estadio Vicente Calderón, a presenciar un partido contra el Real Madrid. Salen también en pantalla algunas breves secuencias de nuestro estadio y del partido, el cual se celebró realmente el día veintitrés de enero de mil novecientos ochenta y tres (al ser pleno invierno, los personajes aparecen fuertemente abrigados), jornada vigésimo-primera de Liga y concluyó con empate a cero. Acudí al mismo, y puedo atestiguar que fue un encuentro soporífero.      
  Dejando atrás a Garci, también se puede agregar a esta lista una película de Pedro Almodóvar, “Carne trémula”, del año 1997. No tiene ninguna temática futbolística, pero en una escena que comienza siendo dramática y concluye siendo sin solución de continuidad cómica (inconfundible característica almodovariana), el personaje de Javier Bardem interrumpe la lucha cuerpo a cuerpo que mantenía con un rival para contemplar ambos extasiados en una televisión encendida el gol que el Atlético de Madrid endosó al Barcelona, por parte de Roberto Fresnedoso, después del celebérrimo regate de Caminero a Nadal, el día veinte de abril de mil novecientos noventa y seis, en la jornada trigésimo-séptima de Liga (esa temporada hubo cuarenta y dos), concluyendo el partido con victoria rojiblanca por uno, gol de Jordi Cruyff, a tres, añadiendo el segundo gol Vizcaíno y el tercero Biagini, en una victoria que prácticamente dejó sentenciada la Liga a nuestro favor en la temporada del doblete.
  Y para finalizar, el club Atlético de Madrid es casi un personaje más en la saga (de hasta ahora cuatro películas) del detective Torrente, el brazo tonto de la Ley. Incluso en la cuarta sale como actor el entonces jugador atlético Kun Agüero.
  Concluyo reiterando algo que ya apunté al inicio del artículo. Me agradaría sobremanera que cualquiera pudiera suministrar información añadida para aumentar la lista de estas películas en las que nuestro club haya podido de alguna forma, directa o indirecta, o incluso episódicamente, ser estrella del Cine.
  Postdata: después de tener concluido el artículo, he encontrado leyendo el blog amigo “elfutbloglin” otra película más, aún sin estrenar en España, pero que parece ser altamente recomendable: “Larbi, o el destino de un gran futbolista”, coproducción del año 2011 entre Marruecos, Francia y España, en la que se desgrana la vida y leyenda de Larbi Ben Barek, una de las figuras míticas de nuestro club en los años 50. Estoy deseando verla.
JOSÉ MIGUEL AVELLO LÓPEZ



















miércoles, 28 de marzo de 2012

LORENZO RICO

LORENZO RICO.

 
  Hoy voy a escribir el primero de mis artículos históricos referente a la sección más importante que jamás ha tenido nuestro glorioso club (aparte del fútbol, se sobreentiende): el balonmano, felizmente recuperado en esta temporada 2011-12 después de muchos años desprovistos de ella. Y así como para escribir el primero de todos ellos elegí la figura del para mí mayor icono futbolístico atlético, Gárate, hoy voy a escribir sobre el que en mi opinión es el mayor icono balonmanístico rojiblanco (quizá en unión de Cecilio Alonso, al que indudablemente tendré que dedicar un futuro artículo): el guardameta Lorenzo Rico.
  Lorenzo Rico Díaz, nació en Colmenar Viejo, provincia de Madrid (seguramente por ello se le impondría al cabo de los años el sobrenombre de “El Lince de Colmenar”), el día diecisiete de enero de mil novecientos sesenta y dos. Por cierto, el pabellón polideportivo de dicha localidad madrileña lleva actualmente su nombre. Destacó muy pronto como portero de balonmano jugando en el colegio San Agustín, que desde siempre ha apoyado fuertemente a este deporte. Recuerdo que en un libro que ojeé en cierta ocasión en una librería, dedicado a la técnica del portero de balonmano, las fotografías ilustrativas eran precisamente de un jovencísimo Lorenzo Rico en las porterías de los patios de dicho colegio San Agustín. De allí pasó prontamente, en mil novecientos setenta y seis, a las categorías inferiores y casi de inmediato a la primera plantilla del Atlético de Madrid que, por aquel entonces, finales de los setenta y primeros de los ochenta, se había convertido en uno de los principales equipos balonmanísticos del país, siempre en dura competencia con el Barcelona, y una vez que ambos pudieran sobrepasar la hegemonía que en los primeros setenta había logrado obtener la escuadra alicantina del Calpisa.
  Empezó a jugar partidos con el primer equipo muy joven, bajo la dirección de nuestro mítico entrenador Juan de Dios Román (luego seleccionador nacional y más tarde y en la actualidad Presidente de la Federación Española). En sus primeros años tuvo que luchar contra la legendaria estela que habían dejado tras de sí otros magníficos porteros que recientemente habían defendido a nuestro club, como Patxi Pagoaga o De Miguel, sin sospechar siquiera entonces que con el tiempo su propia leyenda les llegaría a sobrepasar. A los aficionados que acudíamos por aquel entonces al entrañable polideportivo Antonio Magariños a presenciar los partidos atléticos nos llamaba la atención sobremanera las monumentales broncas que el entrenador Juan de Dios Román echaba a sus jugadores a la más mínima deficiencia. Sus gritos se oían desde fuera del pabellón. Jugadores como el pivote Juanqui Román o el asturiano lateral Chechu tuvieron que padecer más de una y más de dos. Pues bien, no recuerdo (o al menos yo no estuve presente) que ninguna de ellas tuviera como destinatario al excelente guardameta que era Rico. De hecho, el entrenador le consideraba el alma y pilar del equipo. En la final de la copa IHF de la temporada 1986-87, contra el conjunto lituano del Granitas Kaunas, desgraciadamente perdida, que comentó por televisión, alejado momentáneamente de los banquillos, nos hizo notar a los televidentes en el partido en terreno lituano que tomáramos nota de cómo ningún gol se lo metían desde más de nueve metros, sino que todos eran desde menos de dicha distancia. Y así era efectivamente. No eran capaces de batirle con disparos lejanos. Tenían que dispararle desde cerca.
  Jugó con nuestros colores hasta finales de la temporada 1986-87, en la que por problemas económicos de la sección tuvo que ser traspasado al eterno rival balonmanístico, el Barcelona. El mismo camino, y por la misma época, se vio obligado a adoptar otra de nuestras grandes estrellas, el lateral Cecilio Alonso. Sin embargo, ninguno de ellos renunció jamás a su herencia rojiblanca y de hecho suelen colaborar estrechamente con el club cuando les es requerido. Allí se convirtió en maestro de otro mítico portero español, David Barrufet, que precisamente con el paso del tiempo logró arrebatarle el record de internacionalidades. Lorenzo Rico se quedó en 245  y Barrufet llegó a las 249. Incluidos en esos encuentros internacionales se encuentran los correspondientes a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, Seúl 1988 y Barcelona 1992, donde alcanzaría su mejor clasificación olímpica, al concluir en quinta posición.
  Lorenzo Rico era un extraordinario portero que destacaba especialmente por su técnica individual (¡esas piernas por encima de la cabeza!), su personalidad y colocación, especialmente desde el extremo. En este sentido, cabe recordar una anécdota de uno de los vibrantes partidos entre los dos enconados adversarios de la época, el Atlético de Madrid y el Barcelona, disputado en el recordado Magariños. A poco del principio el extremo barcelonista derecho zurdo (no es un contrasentido; para los legos en este deporte recordemos que habitualmente los zurdos juegan por la derecha y los diestros por la izquierda para gozar así de más ángulo de pase y de disparo; es precisamente la razón que esgrimen últimamente algunos entrenadores de fútbol para hacer jugar a sus extremos a banda cambiada; sin embargo, no lo hacen así con los defensas laterales, ¿por qué?) Eugenio Serrano le anotó un gol desde el extremo con su impecable técnica habitual: dejaba atrás a su defensa yéndose hacia la línea de banda, para a su vez desde allí encarar la línea de seis metros, saltar por encima de ella y ya con poco ángulo de tiro sacar un letal disparo desde posición baja, desde la cadera, que iba teledirigido a la escuadra contraria, sin que casi ningún portero pudiera detenerlo. Era, trasponiéndolo al ámbito futbolístico, como el famoso regate de Garrincha: todos sabían como lo hacía, pero ninguno era capaz de frenarle. Ese disparo “made in Serrano” era exactamente igual: todos los guardametas lo conocían, pero a todos les goleaba una y otra vez. Particularmente era conocido por Lorenzo Rico, que compartió con el barcelonista horas y horas de entrenamiento en la Selección. Batido por primera vez, maldijo a la nada y empezó a dar pequeños botes desesperados, enfadado consigo mismo (¿cómo es posible que me lo haya metido a mí, si sabía que iba a ir por ahí?). A partir de entonces, Eugenio Serrano no metió un solo gol más en todo el partido en jugada desde el extremo. Lo intentó en varias ocasiones más, pero indefectiblemente todas y cada una de ellas eran desviadas por su oponente.
  Era considerado en su momento el mejor portero del Mundo. Compartió época con otros insignes cancerberos internacionales, imborrables en la memoria de los buenos aficionados, la mayoría de mayor envergadura y mejores condiciones físicas: el ruso Lavrov, el sueco Olsson, el yugoslavo Basic o, hacia el final de su carrera, el sueco Svensson (que, fichado muy joven por nuestro equipo, terminó también recalando en el Barcelona). Particularmente en el Aleti compartió plantilla al principio con Díaz Cabezas y más tarde con un jovencito llamado Claudio, llegado desde Alicante a Madrid a jugar al balonmano con nuestro equipo y a estudiar la carrera de Psicología (precisamente en esta faceta de psicólogo es habitual colaborador de “Radio Marca”). Un compañero mío de facultad compartía Colegio Mayor con él y, después de una exhibición portentosa (y habitual) por parte de Lorenzo Rico en un encuentro de competición europea disputado un domingo por la mañana, me confesó que su suplente Claudio estaba impactado por la tremendísima calidad del titular, que le impedía jugar todos los minutos que desearía. Sin embargo, poco después, al fichar por el Barcelona, Claudio se convertiría en nuestro primer portero, dándonos muchos días de gloria, dada su innegable calidad, y llegando igualmente poco después a la Selección española.
Lorenzo Rico, primero agachado por la derecha; Claudio, de pie.
  Con nuestro equipo ganó cinco Ligas (temporadas 78-79, 80-81, 82-83, 83-84 y 84-85, todas ellas con Juan de Dios Román de entrenador) y cinco Copas (temporadas 77-78, 78-79, 80-81, 81-82 y 86-87). Luego en el Barcelona añadiría cinco Ligas más, cuatro Copas más, una Copa Asobal, cinco Supercopas, dos Recopas y una Copa de Europa. Su hito más destacado con nuestros colores, no obstante, fue la inolvidable final de la Copa de Europa de la temporada 1984-85, con la Metaloplástika yugoslava, que disponía de jugadores extraordinarios como Vujovic, Mkornja o Isakovic. Era final a ida y vuelta. Tras haber perdido la ida por pocos goles de diferencia, lo que alentaba una epopéyica remontada, la vuelta en el antiguo Palacio de los Deportes (antes de su incendio), el día veintiuno de abril de mil novecientos ochenta y cinco, fue uno de los espectáculos más inolvidables que jamás hayan existido en nuestro club para todos los que estuvimos allí (¡incluso  mi hermana vino también con mi hermano y conmigo, la cual nunca jamás antes ni después de esa fecha ha demostrado un atisbo de interés por evento deportivo alguno!). Un ambiente inenarrable, el Palacio repleto, con más gente que gradas, banderas ondeando por doquier, gritos de ánimo incansables. Aún así, no se pudo remontar y perdimos la final, pero todos nos acordamos del excepcional ambiente vivido y de la ilusión y la alegría que nos proporcionaron nuestros jugadores.
  Dada la gran longevidad de los porteros de balonmano, Lorenzo Rico tuvo que retirarse relativamente pronto, al finalizar la temporada 1994-95, por una serie de problemas en la cadera. Para ese año, el Atlético de Madrid carecía ya de equipo de balonmano. Hasta esta temporada. Ojalá que los actuales estupendos jugadores de nuestra plantilla reverdezcan pronto antiguos laureles, que se perpetúe el equipo en el tiempo y que a no mucho tardar pueda surgir otro portero como él, y otros magníficos compañeros como los que tuvo, para que todos podamos volver a disfrutar de un deporte tan excitante como este durante muchos más años. Por los siglos de los siglos.        
 





JOSÉ MIGUEL AVELLO LÓPEZ

miércoles, 21 de marzo de 2012

BA-LON-CES-TO

BA-LON-CES-TO.



Plantilla 89-90

  De nuevo comienzo uno de mis artículos haciendo referencia a un hecho que probablemente sea desconocido por la mayoría de los jóvenes aficionados rojiblancos, pero que los más veteranos (en alguna ocasión, como ahora mismo se verá, habría que hablar de veteranísimos) recordamos: el club Atlético de Madrid tuvo una sección de baloncesto. Y no sólo en una ocasión, sino en varias. Lo lamentable es que en ninguna de ellas llegara a cuajar y prosperar el proyecto. En ninguna de las diversas etapas que ahora repasaremos el baloncesto atlético sobrepasó los dos años de vida.
  La primera ocasión que nuestro club dispuso de dicha sección fue en mil novecientos veintidós. Un tal Ángel Cabrera la fundó. Fue también jugador, en unión de otros españoles como Lacerda, los hermanos Becerril y un estudiante norteamericano en España (supongo que pasaría por allí y debieron pensar que dado su origen debía saber cómo se jugaba a este deporte) llamado Fitzgerald. Era el primer equipo de baloncesto que se fundaba en Castilla. Se construyó “ex profeso” una cancha aledaña al entonces estadio de fútbol rojiblanco, sito en la calle O´Donnell. Incluso existió también un equipo femenino, conformado mayoritariamente por novias y hermanas de los jugadores. Pese al apoyo del Presidente de esa temporada, Julián Ruete, el intento fue efímero, apenas duró un año. Pero ese Ángel Cabrera debía de ser sumamente emprendedor porque, una vez frustrada su iniciativa rojiblanca, fundó nueve años después la sección de baloncesto del Real Madrid, donde igualmente ejerció de jugador, fundó también la Federación Castellana, fue seleccionador de Castilla y de España y era además director de banco. Precisamente en el Europeo de 1935, celebrado en Suiza, en el que España acabó en segunda posición, tras perder la final contra la entonces independiente Letonia, disputada al aire libre, por 24 a 18, no pudo acudir como seleccionador dado que poco antes el contable de su banco se había escapado con dinero y pensó que resultaría sospechoso que él, inmediatamente después, viajara al país helvético.
  El segundo intento fue diez años después, en 1932. El Real Madrid acababa de fundar su sección de baloncesto el año anterior, como acabamos de ver y, de nuevo el inveterado mecanismo de acción y reacción entre los dos viejos e históricos rivales madrileños motivó que nuestro club refundara su equipo. Pero de nuevo tuvo vida efímera, ya que tan sólo duró, al igual que el proyecto anterior, un año escaso, durante el cual lo más destacado fue el primer partido entre eternos rivales, el día 28 de noviembre de 1932, saldado con victoria madridista por 42 puntos a 20. En el Campeonato regional centro de Primera categoría el equipo fue cuarto y último, lo que provocó su nueva disolución.  
   El tercer intento fue inmediatamente después de la Guerra Civil española. Por esa época, nuestro club disponía del “patrocinio” de la Aviación española, el cual no se tradujo tan sólo en el cambio de nombre del equipo de fútbol (el histórico Atlético de Aviación) sino también en el apoyo prestado para un nuevo equipo de baloncesto. Refundado (o re-refundado) en 1941, obtuvo buenos resultados en su primera temporada (fue semifinalista en el II Trofeo “Gol Diario Deportivo”), pero mediocres en la segunda, ya que el equipo descendió a la Segunda categoría de Castilla, lo que originó una vez más la disolución. En esta ocasión, por primera y única vez en la Historia, tanto pasada como venidera, el equipo duró más de un año. Se alcanzó la friolera suma de dos años.
  Hubo que esperar nueve años más, hasta 1952, para que el entonces Presidente, Cesáreo Galíndez, el Marqués de la Florida, lo intentase por cuarta vez. Se celebraban ese año las bodas de Oro de nuestro club y con ese motivo el máximo dirigente quiso hacer más que nunca un club polideportivo, creando diversas nuevas secciones, entre ellas la de baloncesto, para intentar enfrentarse a la hegemonía madridista que ya había conseguido implantar y consolidar con éxito su proyecto baloncestístico. Pero se perdió ante el eterno rival tanto en el Campeonato regional como en las semifinales del Campeonato de España. Una nueva disolución, tras otro solo año de vida.
  Y tras un gran salto en el tiempo, de nuevo se crea sección de baloncesto en 1983, por quinta vez. Sorpresivamente, puesto que en ese año ya estábamos sumidos en la eterna crisis económica que acompaña a nuestro club desde hace muchísimos años. El Atlético de Madrid se hizo con la plaza del Fortuna en la segunda categoría del baloncesto español, entonces denominada Primera B. Todo lo relatado hasta ahora ha sido producto de una labor de documentación previa. Pero llegados a este punto entramos ya en mis recuerdos y vivencias personales. Esa temporada asistí a varios encuentros de nuestro equipo de baloncesto. Se disputaban en el polideportivo Vallehermoso, lógicamente aledaño al estadio del mismo nombre. Durante muchos años, antes de construirse el estadio de la Comunidad, el popularmente conocido como “La Peineta”, fue el principal recinto madrileño para celebrar mítines de atletismo. A alguno de ellos, llevado por mi amor al deporte en general, acudí en vivo y en directo. También fue donde el Rayo Vallecano jugó varias temporadas en Segunda División, en tiempos de Potele y Felines, antes de que se terminara de construir el actual estadio de Vallecas. El pabellón de Vallehermoso era pequeño y modesto. Tenía una sola gradería lateral y otra de fondo. En el opuesto se encontraban las puertas de acceso a vestuarios. Y en el lateral contrario a las gradas se ubicaban las sempiternas espalderas de las que ningún gimnasio que se precie puede carecer. Recuerdo del equipo a jugadores como Sautu, que ya había jugado en varios equipos de la categoría absoluta; a Izquierdo, un alero de suma precisión en el tiro lejano; y a Marrero, un escolta canario que había compartido la selección junior el verano inmediatamente anterior con futuras estrellas de nuestro baloncesto como Montero, Villacampa o Vecina. En uno de los partidos a los que asistí, ante el Tenerife, se llegó al descanso con diecisiete puntos de ventaja a nuestro favor. Pero los canarios remontaron luego espectacularmente, “enchufando” un tiro lejano tras otro, en una época en la que por cierto aún no existía el tiro de tres, que se implantó en las reglas FIBA justamente a la temporada siguiente. Pese a ese puntual tropiezo, el equipo hizo una muy buena campaña, finalizando en tercera posición y logrando el ascenso a Primera División. El día del último partido, donde se jugaba el ascenso, acudió el mismísimo Presidente Vicente Calderón. Como el pabellón carecía de palco, le ubicaron en una silla de bar en un pequeño ensanchamiento que existía entre la gradería lateral y la de fondo.
Shelton Jones
  Pese al ascenso obtenido, el equipo no pudo plasmarlo en la cancha. La penuria económica y la regla obligatoria de fichar dos jugadores extranjeros motivó que se tuviera que ceder la plaza al Collado Villalba, equipo por entonces de reciente creación. Y que en el futuro, como dentro de poco se verá, volvió a unir su destino con el nuestro. El hecho de haber sido nuestro “sucesor” hizo que muchos jóvenes nos hiciéramos aficionados en Primera División del equipo serrano, donde destacaba un jovencísimo Orenga. Y todo ello sin perjuicio de la mutua y recíproca corriente de simpatía que ha existido desde siempre entre nuestro club y el Estudiantes. Yo, al igual que otros miembros de mi familia, he sido también socio del equipo estudiantil. Por cierto, uno de los extranjeros fichados por el Villalba, de apellido Michel, protagonizó una graciosa anécdota que no me resisto a dejar de recordar. Como parte de su contrato, se le facilitó un coche. El día que lo estrenaba, se desplazó con él desde Villaba hasta Madrid. Tardó cinco horas en llegar. Al día siguiente pidió en las oficinas del club que se lo cambiaran, que corría muy poco, a pesar de que pisara con fuerza y repetidamente el acelerador. Efectivamente el motor del coche se había quedado para el arrastre, ya que, acostumbrado a conducir los automáticos estadounidenses, se había hecho todo el trayecto en primera marcha.
Plantilla 89-90
  Siguiente etapa, la sexta. Ya con Jesús Gil en la Presidencia, en sus primeros años, temporada 1989-90, se vuelve a crear la sección. El Presidente quería hacer crecer el club y enfrentarse al Real Madrid con garantías de éxito. Para ello, se ocupa de nuevo plaza en la segunda categoría nacional, entonces denominada Primera División, adquiriendo los derechos al C.B. Oviedo, y con vistas a lograr un pronto ascenso. Pero es todo lo contrario. Se pierde la categoría en el play-off por la permanencia contra el Lagisa de Gijón. Esa temporada, en la que igualmente asistí a varios partidos, se jugaba en el polideportivo de Arganzuela, cerca de Legazpi, en la calle del Plomo, ubicada en un polígono industrial. El equipo contaba con jugadores de calidad como Quino Salvo (veterano de la máxima categoría), Paco Velasco, Chus Bueno, García Rivas o el norteamericano de raza negra Rayford, que la verdad no era un extranjero que marcara excesivas diferencias. Recuerdo no obstante que uno de los partidos a los que acudí se ganó con una canasta suya en el último segundo. Sin embargo, no se consiguieron buenos resultados. Tras perder los siete primeros partidos de Liga de forma consecutiva, se recuerda la famosa anécdota de Jesús Gil que, en una de sus legendarias arengas a los jugadores (y que por lo visto no tuvieron que ser sufridas en exclusiva por los futboleros), les espetó a la cara, ante el estupor general, que por qué no eran capaces de meter más “goles”. El descenso final motivó una vez más, y de nuevo tras un año escaso, el cierre del baloncesto.
Walter Berry
  Pero esta vez, la séptima y última hasta ahora, se retomó de forma inmediata. Al año siguiente, en lugar de esperar con paciencia que se fuera ascendiendo poco a poco, Jesús Gil decidió fusionar el equipo con el Collado Villalba, y jugar así en la ACB, máxima categoría. Los partidos se celebraban en el polideportivo de la localidad serrana, con la camiseta a rayas rojas y blancas y el pantalón azul (el antiguo Villaba jugaba todo de amarillo) y Gil de Presidente. Se fichó de entrenador a Clifford Luyk, que luego sería destituido a mitad de temporada y reemplazado por el norteamericano Tim Shea. Como jugadores más destacados, los nacionales Carlos Gil, Rementería o García Coll, con pasado estudiantil y futuro madridista (donde aún sigue, en tareas organizativas), y los estadounidenses, de contrastada calidad, Walter Berry y Shelton Jones, que luego sería sustituido a mitad de temporada, tras ganar el concurso de mates del partido de las estrellas, por su compatriota Howard Wright. El equipo hizo buena temporada en general, finalizando la temporada regular con diecisiete victorias y diecisiete derrotas, eliminando en los play-off de octavos de final al Valvi Gerona, cayendo derrotado en los cuartos de final por el Juventud de Badalona (futuro campeón) y clasificándose para la copa Korac. Pero las enemistades entre Jesús Gil y el Alcalde de Villalba, y la moción de censura de los socios del equipo serrano, ante los rumores de que se lo quería llevar a Marbella, apartaron a Jesús Gil de la Presidencia. Y con ello, a nuestro club del sendero del baloncesto, que desde entonces y hasta ahora nunca ha vuelto a ser retomado. Para todos aquellos a los que nos gusta el deporte en general, el baloncesto en particular y el Atlético de Madrid en particularísimo, es una verdadera pena que, en esta edad de Oro de nuestro deporte de la canasta no tengamos equipo del que poder disfrutar. Equipo propio, se entiende (siempre seremos del Estudiantes). Pero no perdáis la esperanza. Ojalá que dentro de un tiempo podamos volver a disfrutar de un rojiblanco encestando.  



JOSÉ MIGUEL AVELLO LÓPEZ



viernes, 16 de marzo de 2012

A PIE DE GRADA: JUANFRAN



Juanfran
 Como ya todos sabréis, Juanfran es uno de los jugadores que está sonando con más fuerza en la órbita rojiblanca durante los últimos días. A pesar de no haber empezado con muy buen pie su andadura rojiblanca, y estar más de un año sin apenas continuidad en el equipo, la figura de Juanfran está surgiendo fuertemente en las últimas fechas como uno de los principales bastiones del nuevo Atlético de Simeone.
 Reconvertido en lateral, ha superado todas las críticas que se le achacaban desde la grada del Calderón, incluidas las mías, y ha pasado a convertirse en uno de los jugadores más queridos por la grada. De esta recuperación por parte de Juanfran tiene gran culpa el nombre de Simeone, que le ha otorgado al jugador la confianza que le faltaba a su llegada al conjunto colchonero.
 Juanfran se está mostrando como un jugador incisivo por banda, rápido y habilidoso, trayendo gran peligro desde una posición más atrasada como es la del lateral. A pesar de esto, y para sorpresa del propio Cholo, está demostrando una gran solidez y solvencia defensiva, además de una gran capacidad física, lo que se está notando en los tramos finales de los últimos encuentros.
 A pesar de esto el nombre de Juanfran no había sonado con tal fuerza hasta este fin de semana, cuando tras una gran cabalgada por banda sirvió el segundo en bandeja a Falcao, para sentenciar el partido. Por este motivo, en algunos medios se está empezando a valorar una posible convocatoria del jugador por parte de Vicente del Bosque. Sin embargo la existencia en el combinado nacional de un bloque sólido le dificulta esta afrenta.
 Contrariamente, si analizamos los jugadores disponibles en la selección para esta posición, una convocatoria de Juanfran a la selección no sería una solución descabellada, más si tenemos en cuenta la reconversión que está desarrollando Sergio Ramos hacia el puesto de central. Por ello y si mantiene este nivel debería merecer una oportunidad en próximos amistosos.

GUILLERMO PÉREZ