miércoles, 3 de octubre de 2012

JUGADORES DEL FILIAL-UNO

Víctor, primer agachado por la izquierda; Juanin, el tercero
JUGADORES DEL FILIAL- UNO

  Hasta la fecha, en todos los artículos escritos en este blog, apenas he dedicado uno al equipo filial, el Atlético de Madrid B. O, tal y como era conocido en la época en la que yo más lo frecuentaba, el Atlético Madrileño. Vamos hoy a suplir en la medida de lo posible esa carencia. Uno de los recuerdos más agradables que tengo de mi filiación atlética es el de los domingos por la mañana, décadas de los ochenta y noventa, desplazarme hasta el estadio Vicente Calderón, donde nos deleitaban las jóvenes promesas que se encontraban a un paso de cumplir uno de sus sueños y acceder a jugar en la primera plantilla de uno de los mejores equipos del fútbol español. Por allí vimos desfilar a una pléyade de magníficos jugadores que al cabo de los años llegarían a ser estrellas de nuestro primer equipo.
  Sin embargo, hoy quiero acordarme de aquellos otros estupendos jugadores que, por unas u otras circunstancias, o bien no llegaron en ningún momento a pertenecer a la primera plantilla o bien sí que consiguieron llegar a ella pero en forma episódica, meramente testimonial. En concreto, voy a abordar siete nombres, siete de los que más huella me dejaron, por orden más o menos cronológico: Juanín, Víctor, Carlos Guerrero, Quique Estebaranz, Julián, Fede y Jacobo. No están todos los que son, pero indudablemente sí que son todos los que están. Mi intención era tratar todos ellos en un solo artículo, pero la cantidad de material recopilado y la multitud de recuerdos que me sobrevienen me han obligado a hacerlo por separado. Por eso me dedicaré hoy a los tres primeros, dejando a los cuatro siguientes para otro venidero, que intentaré que sea lo más próximo posible en el tiempo.
  Juanín era el sobrenombre de Juan Antonio López Moreno. Nacido en Madrid, el día seis de octubre de mil novecientos cincuenta y ocho, era un extraordinario defensa libre. En el anterior y hasta ahora único artículo de este blog sobre el filial (el dedicado al recordadísimo partido contra el Castilla del día de Nochevieja de 1984) ya me referí a él, porque lo disputó, siendo además el capitán de ese equipo. Como ya comenté allí, era un extraordinario defensa libre. En aquellos años todavía se marcaba hombre a hombre, por lo que uno de los defensas centrales “libraba” y se dedicaba a “barrer” todo lo que sus compañeros de zaga no podían parar. Y Juanín lo hacía extraordinariamente bien. Salía al corte con velocidad, anticipación y dominio de los espacios. Su tremenda calidad le provocaba no tener que usar por lo general la contundencia, pero cuando tenía que emplearla lo hacía igualmente con maestría. Todo ello coronado por una limpísima y elegante salida del balón desde la zona trasera, que le posibilitaba incluso llegar a anotar no pocos goles. Y además con limpieza exquisita, apenas veía alguna tarjeta aislada. También destacaba por su regularidad: en sus tres primeras temporadas disputó todos los partidos ligueros, los treinta y ocho. En la cuarta, treinta y seis. Era un jugador maravilloso, que nos tenía encandilados a todos los habituales del Atlético Madrileño. No había espectador alguno que no hablase bien de él. Sin embargo, en lo que ha sido, al menos para mí, una de las decisiones más inexplicables de la política de cantera de nuestro club, no llegó jamás a participar en encuentro alguno con el equipo matriz. Como ya comenté en el anterior artículo, estimo que su no muy elevada estatura respecto la posición que ocupaba le privó seguramente de más altos logros.
Juanín, segundo de pie por la izquierda
  Es más, ni siquiera llegó a disputar ninguno en Primera División. Tras figurar en la segunda plantilla rojiblanca durante tres temporadas, desde la 80-81 hasta la 82-83, fue cedido al Elche la siguiente, para retornar en la 84-85 a disputar su cuarta y última temporada con el filial. Traspasado definitivamente al Elche, jugó allí dos temporadas más, y la siguiente en el Granada. Pero todo ello en Segunda División.
  Para concluir, recordar que en su calidad de capitán levantó el único trofeo oficial existente en la historia del Atlético Madrileño (o Atlético de Madrid B): la Copa de la Liga de Segunda División de la temporada 82-83, brillantemente ganada en partido a ida y vuelta al Deportivo de la Coruña.
  El siguiente nombre a recordar es el de Víctor, magnífico delantero centro. Víctor José Porras Rodríguez, nacido en Madrid, el día veintidós de abril de mil novecientos cincuenta y nueve, formó parte del equipo filial durante dos temporadas, 81-82 y 82-83 (era por tanto el ariete en la misma Copa de la Liga ganada). Delantero centro completo, ya que aunaba calidad en el manejo del balón, con grandes dotes combinativas y de pases finales, fuerte y colocado disparo tanto con pierna derecha como con izquierda, y un excelente remate de cabeza, al que llegaba por potencia y decisión. En su primera temporada no disputó demasiados partidos (apenas trece), consiguiendo dos goles. En su segunda ya fue titular indiscutible, celebrando treinta y seis partidos y anotando catorce goles. Su superlativo rendimiento le llevó al primer equipo, de la mano de Luis Aragonés, en la campaña siguiente, 83-84. Nuestro legendario entrenador parecía que iba a contar mucho más con el prometedor atacante, pero lo cierto es que no lo utilizó en demasía. La inexperiencia del jugador le gastó una mala pasada y, un sábado más que se vio fuera de la lista (que por aquél entonces eran mucho más exigentes que ahora, tan sólo de quince jugadores) acudió a una emisora de radio a “rajar” en contra del míster. Hubo represalias, pero una de las principales características de siempre del Luis técnico ha sido su sabiduría. Pagado su error, no lo “desterró” por completo, sino que volvió a contar con él (no con asiduidad, pero sí en alguna ocasión más).
  En definitiva, en su única temporada con los “grandes” participó en trece partidos oficiales. Cinco de Liga (contra el Betis, en la jornada décima, en la inolvidable remontada de 4 a 3 contra el Betis y doblete goleador, con lesión incluida, de Arteche, sustituyendo a Julio Prieto; contra el Athletic de Bilbao, en la vigésimo segunda, victoria por un gol a cero, de Hugo Sánchez, sustituyendo a Rubio; en la vigésimo tercera, contra el Murcia, empate a cero, sustituyendo a Pedraza; en la vigésimo cuarta, contra el Sporting de Gijón, empate a uno, gol de Rubio, titular y jugando los noventa minutos; y su quinto y último partido en la jornada vigésimo octava, victoria frente al Málaga por tres goles a uno, Landáburu, Votava y Quique, también titular y noventa minutos), cinco de Copa del Rey (en las rondas iniciales, los dos partidos de ida y vuelta tanto contra el Tarancón contra el Portmany, los tres primeros de titular y tiempo completo, anotando además un gol en el primero y sendos dobletes en los otros dos -sus únicos goles en el primer equipo-, y el cuarto de titular y sustituido por Cabrera; además, un quinto encuentro, la vuelta de los octavos de la final contra el Osasuna, que nos eliminó, derrota por dos a uno tras empatar a cero en casa, sustituyendo a Julio Prieto) y finalmente, una vez concluido el Campeonato liguero, tres más de la Copa de la Liga de Primera División (ida y vuelta de octavos de final contra el Athletic de Bilbao, sustituyendo a Cabrera y titular, y vuelta de la final (perdida) contra el Valladolid en el Nuevo Zorrilla, sustituyendo a Mínguez).     
  De todas sus participaciones, dejando de lado los goles obtenidos, que lo fueron en rondas iniciales coperas con el equipo plagado de suplentes, su acción más destacada fue en el partido liguero contra el Athletic. Recién ingresado en el terreno de juego, metió un dificilísimo y extraordinario pase en profundidad que rompió la línea defensiva y dejó sólo mano a mano a Hugo Sánchez frente a Zubizarreta, definiendo con su pierna izquierda con un atinado disparo cruzado, y burlando por fin el complejo entramado defensivo que por aquella época caracterizaba al equipo bilbaíno.
  Tras dejar nuestro primer equipo, al no conformarse con los papeles de revulsivo desde el banquillo y de aprovechar los escasos minutos que dejaba de jugar el ariete mexicano, recaló en el Valladolid, donde aún jugó tres temporadas más en Primera División a buen nivel y, finalmente, al año siguiente, una más con el Castellón en Segunda.   
  Y para concluir por hoy, el tercer y último miembro de nuestro equipo filial al que voy a rememorar es Carlos (o Carlitos, como mucha gente le llamaba) Guerrero. Carlos Guerrrero Santiago nació en Madrid el día ocho de septiembre de mil novecientos sesenta y siete. Era un centrocampista que deambulaba principalmente por banda derecha, con una clase y un toque de balón exquisito. Es otra de esas perlas del filial del que ninguno los espectadores asiduos se explica cómo es posible que no haya llegado a jugar nunca con el primer equipo, salvo si acudimos al trasnochado tópico de que los jugadores de clase no trabajan para el equipo. Salvando las distancias (y recalco esta expresión para que ningún madridista despistado que pueda leer esta entrada se pueda llegar a sentir ofendido) me recordaba mucho en su manera de jugar al madridista Michel, coetáneo suyo que ocupaba su misma posición. Ambos eran centrocampistas por la derecha, ambos, sin ser especialmente hábiles en el regate o la velocidad para ser jugadores de banda, sacaban desde la misma unos maravillosos centros, tanto en jugada como de falta, que eran peritas en dulce para los atacantes que los recibían. Incluso Carlos Guerrero disponía de una cualidad en la sobrepasó al madridista: su enorme acierto en lanzamientos de faltas directas, en las que llegó a obtener hermosísimos goles.
  El mejor paradigma de su habilidad en el centro podemos encontrarlo en la última jornada de la Liga 88-89, en Segunda División B. Después de un emocionante mano a mano contra el Linares, que había ido por delante toda la temporada y al que habíamos ido recortando poco a poco, se llegaba a dicha última jornada con ellos un punto por delante, y visitando el Calderón. Se ganó dos a cero y se ascendió. Los dos goles, obtenidos por el ariete De Diego, fichado ese mismo año del Athletic de Bilbao, donde había llegado a jugar varios partidos en Primera División. Ambos en sendos soberbios cabezazos a sendos pases desde la banda derecha (uno en saque de falta, otro de jugada) de Carlos Guerrero, pases que podríamos catalogar paradójicamente tanto de milimétricos, por su precisión, como de estratosféricos, por su enorme calidad.
  Procedente directamente del equipo juvenil, se incorporó a la plantilla del primer filial en la temporada 86-87, permaneciendo cinco, hasta la 90-91. Nunca llegó a celebrar partido oficial alguno con el equipo grande (si exceptuamos la famosa jornada de huelga, nueve de septiembre de mil novecientos ochenta y cuatro, la segunda de la temporada 84-85, que se jugó íntegramente con aficionados y juveniles), pero sí participó con él en un par de pretemporadas, disputando por consiguiente varios encuentros más de carácter no oficial. Recuerdo en este sentido haberle visto por televisión en un par de ocasiones en trofeos veraniegos.
  Tras abandonar la disciplina rojiblanca, recaló la 91-92 en el Valladolid, donde por fin llegó a debutar en Primera División. Y ahí le perdí la pista. Buscando ahora documentación, me ha sorprendido tanto su carácter de trotamundos, pasando por gran número de equipos, casi todos de Segunda B (Cacereño, Getafe, Racing de Ferrol, de nuevo Getafe, Levante, de nuevo Racing de Ferrol, Murcia, Talavera, Mérida, Toledo, San Sebastián de los Reyes y Atlético Pinto) como su longevidad, permaneciendo en activo hasta avanzada edad. En fin, un centrocampista completo e inolvidable, de calidad y clase mayúsculas.
  Y como me quedan otros jugadores citados al principio por rememorar, continuaremos en otro artículo venidero.                   

JOSÉ MIGUEL AVELLO LÓPEZ

miércoles, 5 de septiembre de 2012

¡¡¡SUPERCAMPEONES!!!


¡¡¡SUPERCAMPEONES!!!.

  Una vez más, para festejar además el retorno del descanso estival, el presente blog admite una excepción. Recordemos de nuevo que su filosofía es la de rememorar hechos, actos, semblanzas o acontecimientos históricos varios relativos al club Atlético de Madrid. No se busca seguir la actualidad o el día a día del mismo, sin perjuicio de que algún invitado la pueda abordar. Ya se ocupan de ella multitud de medios de comunicación, cada vez, merced sobre todo a las nuevas tecnologías, más numeroso. No obstante, la importancia del hecho acontecido en el pasado mes de mayo, cual fue la conquista por parte de la plantilla rojiblanca de su segunda Europa League, introdujo en esta filosofía una primera excepción, analizando pormenorizadamente la final, obviamente desde el punto de vista de mis apreciaciones personales. Y ahora un nuevo hecho histórico obliga a esta segunda excepción: la muy brillante obtención de un nuevo título europeo, la Supercopa de Europa correspondiente a la temporada 2012-13. Como en el artículo dedicado a la primera de las finales europeas ganadas reseñé, al fin y al cabo, lo que aquí podamos dejar plasmado hoy sobre hechos recientes, será Historia con mayúsculas dentro de pocos años.
 Como de todos es sabido, este torneo de la Supercopa europea enfrenta desde hace años, desde mediados de la década de los setenta del siglo pasado, al campeón de la antigua Copa de Europa o actual Champions League con el campeón de la antigua Recopa, posteriormente, al desaparecer este torneo, con el de la Copa de la U.E.F.A. y en la actualidad con el de la Europa League, sucesora de aquélla. No deja de ser una especie de reto para dilucidar qué equipo ha sido el mejor de la temporada en Europa, enfrentando a los campeones de sus dos principales competiciones (en estos momentos, de hecho, las dos únicas). De acuerdo con este objetivo, parecería lógico que fuese el partido de cierre de la temporada. Sin embargo, pasa a ser el primer partido de la siguiente, el pistoletazo de salida de las competiciones entre países en el ámbito europeo (dejando aparte Intertotos y previas de la Champions League).
 En este sentido, cabe reivindicar en grado sumo la importancia intrínseca de este torneo. Ahora que recientemente la ha ganado nuestro club en dos ocasiones (recordar que hay que sumar a la actual la de hace dos años, temporada 2010-11), muchos aficionados españoles seguidores de otros colores la ningunean como una competición de segunda fila, carente de valor, defendiendo en forma absolutista la sacrosanta Champions League. Supongo que nadie podrá dudar que ésta posee una importancia superior a la Europa League. Pero precisamente la Supercopa enfrenta a los campeones de ambas competiciones. Para adjudicarse la Supercopa vía Europa League ha habido que ganar al campeón de la Champions League, equipo ganador entre todos los ganadores. Es decir, un mérito inmenso.
 Una vez más, no pude acudir como hubiera sido mi deseo a disfrutar sobre el terreno. Me tuve que conformar de nuevo con vibrar con mi equipo a través de la pantalla. Lo hice desde mi retiro veraniego, imagino que al igual que gran cantidad de fieles seguidores rojiblancos. Todos los rojiblancos, los que tuvieron la enorme dicha de poder acudir a Mónaco y los que no, disfrutamos como nunca del extraordinario espectáculo que nuestro equipo nos proporcionó. Pero no sólo nosotros. La brillantez desplegada por nuestros jugadores ha motivado que muchos familiares, amigos y conocidos no atléticos me hayan felicitado en estos días, como si un servidor hubiera llegado a participar en forma activa.          
  Al igual que en la final de Bucarest, veamos en primer lugar los datos objetivos. El encuentro, uno de los mejores (si no el mejor, como muchos opinan) de la dilatada historia atlética tuvo lugar en la ciudad de Mónaco (por cierto, último año que se disputa en esta ciudad; para la temporada que viene ya está confirmada  la ciudad de Praga), en el estadio Louis II, el día treinta y uno de agosto de dos mil doce. El rival, el equipo londinense del Chelsea, plagado de rutilantes estrellas adquiridas a golpe de talonario. Entre ellas, nuestro querido y añorado Fernando Torres. Y otros españoles ilustres como Mata, Oriol Romeu y Azpilicueta. El resultado, clamorosa victoria de nuestros colores por cuatro goles a uno. Al descanso ya se llegó con el cómodo resultado de tres goles a cero. Estos tres primeros tantos fueron obtenidos por nuestro astro colombiano Falcao, en los minutos seis, diecinueve y cuarenta y cuatro. En la segunda parte, nuestro defensa central brasileño Miranda amplió la ventaja en el sesenta para que otro defensa central, en este caso el inglés Cahill maquillara el resultado con su diana en el setenta y cinco.
  Bajo la dirección del árbitro esloveno Damir Skomina (que pasó inadvertido gracias sobre todo a la amplitud del marcador; muy correcto en el orden disciplinario, su principal lunar fue no señalar un claro penalti de David Luiz a Koke en el minuto tres), las alineaciones fueron: Atlético de Madrid: Courtois; Juanfran, Miranda, Godín, Filipe Luis; Mario Suárez, Gabi; Arda Turan, Koke (Raúl García, minuto 81), Adrián (Cebolla Rodríguez, minuto 56); y Falcao (Emre, minuto 88). Y por el Chelsea: Cech; Ivanovic, Cahill, David Luiz, Ashley Cole (Bertrand, minuto 90); Mikel, Lampard; Ramires (Óscar, minuto 45), Hazard, Mata (Sturridge, miuto 84); y Fernando Torres.
   En cuanto al partido en sí, estimo que el Aleti fue un justísimo y brillante campeón. Disputó un partido magnífico pleno de concentración, intensidad y efectividad. Y todas estas virtudes se desplegaron ya desde un primerísimo momento, al igual que en la final de mayo, lo que sin duda cabe identificarlo como un gran acierto y una gran virtud de nuestro entrenador, Diego Pablo “Cholo” Simeone. El equipo demostró una solvencia inimaginable. Quien más quien menos denotaba, al menos en su fuero interno, cierta prevención ante el poderío del rival. Pero el rival no existió. Fue borrado de la cancha. Ya desde un primer instante, la presión colectiva atlética se materializaba en la zona atacante (defensiva del rival), no permitiendo sacar el esférico con facilidad. Se recuperaba prontamente, además de hacerlo ya en las proximidades del área rival. Cuando el equipo obtenía el balón en posiciones más atrasadas, se desplegaba con rapidez, fuerza y fiereza, en bloque, hacia posiciones delanteras. Estas virtudes, no obstante, si bien sin llegar a alcanzar la excelencia que se logró en este encuentro, ya nos eran conocidas. Sobre todo en partidos puntuales en los que el preparador logra mentalizar a todos sus pupilos en forma tan destacada como lo ha venido haciendo en competiciones europeas (recordemos que Simeone lleva en la actualidad diez victorias ininterrumpidas). Habrá que ver si consigue plasmar esa misma mentalidad en campeonatos que requieren de mayor regularidad. Pero lo que a mí al menos me sorprendió muy gratamente fue la tremenda solvencia mostrada en el trato y en el toque del balón, virtudes largamente añoradas en nuestro equipo desde hace muchos años. Cuando el ritmo del encuentro lo demandaba se sabía con enorme sapiencia introducir, dentro de la velocidad, la pausa y el control necesarios, moviendo el cuero tranquilamente de un lado al otro, desarmando al adversario, pero sin desdeñar en ningún momento la verticalidad. Curiosamente, a pesar de esta impresión estimo que generalizada de control absoluto, resulta que analizando las estadísticas del partido el equipo inglés dispuso de más tiempo de posesión.
 Prueba irrefutable de que nuestro equipo salió muchísimo más “enchufado” fue que ya a los tres minutos Falcao, a pase de Filipe Luis en brillante incursión por su banda izquierda, remató al larguero. Koke recogió su rechace y fue flagrantemente derribado en el área, haciéndose el sueco el árbitro esloveno. Poco después, minuto seis, primera diana. Pase en profundidad de Adrián, destrozando la línea zaguera londinense, y Falcao supera con habilidad con su pierna izquierda la salida del cancerbero checo Cech. El balón penetra suavemente tras tocar en el poste izquierdo y ante la impotencia del central David Luiz. Minuto diecinueve y segundo acierto. Rápido y certero ataque desde posiciones atrasadas conducido por Koke el cual, desdeñando otras posibles opciones de pase, termina habilitando de nuevo a Falcao por entre las piernas de otra vez David Luiz y el ariete colombiano que desde el borde del área una vez más con su pierna izquierda (recordemos: la menos buena) teledirige el esférico a la escuadra adversaria más alejada. A todos nos vino de inmediato la similitud entre este tanto y el primero anotado al Athletic de Bilbao en la final de la Europa League. También aquí el ángulo de cámara permitió gritar el gol con seguridad a todos los telespectadores que quisieran gritarlo tan pronto como salió el disparo de la bota. Poco antes del descanso, minuto cuarenta y cuatro, la tranquilidad absoluta en forma de tercer gol. Córner en contra e inolvidable contraataque llevado desde posiciones defensivas por un brillantísimo Arda Turan. Varios de los nuestros le acompañaron en un fiero despliegue, ofreciendo al turco multitud de opciones de pase. Pero, tirando de una de sus principales cualidades, introdujo la pausa necesaria para elegir la mejor de entre todas las opciones. Y como no podía ser de otra forma, no fue otra que su delantero centro. Pase a Falcao justamente cuando éste pisaba el área, escorado a la izquierda, y duro disparo raso una vez más con la izquierda, que alcanza las redes entre las piernas del portero (los cinco goles de Falcao en dos finales lo han sido con esta pierna, sin haber necesitado poner en funcionamiento su para mí mejor virtud, cual es su mortífero remate de cabeza). Al descanso, nadie se podía creer que estuviéramos disfrutando de toda una superfinal europea con esta tranquilidad y brillantez. Además de los goles, habían existido claras ocasiones mano a mano contra el portero de Adrián y Gabi y un nuevo poste de Falcao, tras fallo clamoroso sólo bajo palos del asturiano.
 En el segundo tiempo, es cierto que el equipo se replegó, esperando más atrás al rival. Pero éste no creó peligro alguno. Los atléticos solventaban los escasos ataques con tino y eficacia. Recordemos que el Chesea llegó a ser campeón de Europa construyendo sus victorias desde la defensa y fiando todo a sus escasas ocasiones atacantes que sabrían resolver sus brillantes delanteros. Así fue en cuartos de final contra los lisboetas del Benfica, así fue en semifinales contra el Barcelona (y además, en ambos casos, en los dos partidos, tanto en el de ida como en el de vuelta, tanto en casa como fuera de casa) y así fue también en la final muniquesa contra el Bayern de Munich. Ahora se encontraban con un escenario totalmente cambiado. Ellos tenían que atacar. Y no sabían cómo. Carecían de jugadores hábiles para ese menester. Destacaba por su inhabilidad el mediocentro defensivo nigeriano Mikel, que no era capaz de trasladar el balón a escasos metros.
 Y al cuarto de hora, acierto de Miranda. El defensa se viste de delantero y en un balón muerto en el área a la salida de una falta lateral supera con sutileza a Cech sin que una vez más David Luiz pudiera sacar el cuero de entre los palos.  Mayor humillación sobre el césped y mayor alegría y fiesta en las gradas. Descontó Cahill en otro balón muerto a la salida de un córner.
  Haciendo un breve repaso de los protagonistas de la final, cabría decir que todos nuestros jugadores demostraron unas estupendas concentración e intensidad. Courtois estuvo certero en los escasos balones aéreos que le demandaron, ofreciendo tranquilidad a la zaga. Juanfran y Filipe Luis cerraron con candado sus bandas, so pena de limitar sus subidas. Los dos centrales, Miranda y Godín, sobrios e imperiales, introduciendo en su tela de araña a Fernando Torres. Mario Suárez de nuevo pluscuamperfecto (debe ser que es un gran jugador de finales). Gabi con toque, clase y además con atinadas incursiones en el ataque. Brillantez de Koke en su apoyo tanto al centro del campo como al ataque. Arda Turan entrando por la derecha y Adrián por la izquierda con velocidad y superando continuamente a sus pares, además de la proverbial elegancia de ambos. Y Falcao. Colosal, mayestático, épico, inconmensurable, excelso, titánico, homérico. Se acaban los adjetivos. Los que entraron desde el banquillo mantuvieron el nivel, lo cual ya es bastante, dada la exhibición rojiblanca. Además, sirvió para que Emre debutara en competición oficial.
 Para finalizar, me gustaría hacer una alabanza (una vez más, nunca serán bastantes) a la afición atlética desplazada a Mónaco. Además de su indesmayable aliento al equipo, su sana celebración y alegría contagiosa (todo lo cual se da por supuesto en esta hinchada), hubo un detalle que a nadie nos pasó desapercibido y que todos supimos valorar como digno de ella. Se acordaron en la adversidad de uno de sus ídolos de siempre, de Fernando Torres, jaleándole y animándole cuando éste lo necesitaba. Siempre recordaremos esta final en el futuro, además de por la brillantez y suficiencia del equipo, por el cariño profesado al de Fuenlabrada por su antigua afición. Al fin y al cabo, siempre será uno de los nuestros.
               
   

JOSÉ MIGUEL AVELLO LÓPEZ

miércoles, 25 de julio de 2012

SIMEONE


SIMEONE

  A petición de muchos abonados…No. Esa fórmula se utiliza mucho en un célebre y magnífico programa de fútbol histórico e internacional, pero aquí no procede. A petición de muchos lectores de este blog… Tampoco. No corresponde exactamente con la realidad. A petición de uno de los lectores de este blog (esto sí, esto es exacto) vamos a analizar en el artículo de hoy la figura de uno de los héroes del “doblete”, quizá el que mayor empatía demostró con la grada. Y a eso contribuye sin duda alguna el hecho de que su carisma esté siendo transmitido a día de hoy desde su puesto de entrenador, que es el que las jóvenes generaciones pueden apreciar, ya que se trata de nuestro actual director técnico, Diego Pablo Simeone. En el bien entendido de que nos limitaremos a repasar su faceta como jugador atlético. Dejaremos de lado su aspecto de preparador, dado que todos esperamos que se vaya agrandando aún más con el tiempo y dentro de unos años pueda ser estudiado de forma completa y pormenorizada.   
  Diego Pablo “El Cholo” Simeone nació en la capital argentina, Buenos Aires, el día veintiocho de abril de mil novecientos setenta. Formado en la cantera del Club Atlético Vélez Sarsfield, llegó a jugar en la primera plantilla durante dos años, de 1987 a 1989, siendo el único equipo profesional argentino en el que jugó, antes de su venida a Europa, para militar en combinados tanto italianos como españoles.
  Arribó primeramente al equipo italiano del Pisa, entonces en la serie A, donde figuró tres temporadas, desde la 1989-90 hasta la 90-92. Por cierto, a modo de curiosidad: a aquellos que hayan tenido la fortuna de subir hasta lo más alto de la torre inclinada de Pisa (entre los cuales me incluyo), es muy posible que les haya sorprendido (a mí me sorprendió) la cercanía del estadio de fútbol de esta escuadra con el reseñado monumento. De hecho, la terraza superior es una localidad privilegiada para apreciar el terreno de juego.
  De ahí llegó a España, al Sevilla. Dos temporadas más, hasta la 93-94, coincidiendo con el paso de Maradona y Bilardo por el equipo sevillista.   
  Y por fin al Aleti, donde en mi humilde opinión desplegó su mejor fútbol y donde más hondo recuerdo ha dejado, en dos diferentes etapas. Indudablemente la más fructífera fue la primera, que abarcó tres ejercicios, desde el 94-95 hasta el 96-97. Y a su vez indudablemente el mejor, el más inolvidable, fue el segundo de ellos, la temporada 95-96, la mítica temporada del “doblete”. Fue en ese periodo cuando mejor jugó, cuando más goles marcó, cuando mejor encajó con la grada su garra y coraje.
  Por aún no se sabe bien qué motivos, el extraordinario equipo formado se fue desmantelando poco a poco. La misma temporada que Simeone abandonaba el plantel, también lo hacían otros ilustres como Caminero o Solozábal. Pantic, a la siguiente. El argentino puso de nuevo rumbo a Italia, donde jugaría dos temporadas en el Inter de Milán (coincidiendo con el extraordinario Ronaldo) y cuatro en la Lazio.
  Como fruto del extraordinario y recíproco recuerdo que se guardaban jugador y afición, después de su periplo italiano retornó a la ribera del Manzanares, para disputar con los colores rojiblancos dos temporadas más, la 03-04 y la 04-05 (esta última, además, no completa, abandonando el club en el mercado invernal). Obviamente no fue lo mismo. Sus mejores años, y sus mejores cualidades, habían quedado atrás. Además, en la primera de esas dos campañas el entrenador Gregorio Manzano le colocó casi siempre en la posición de defensa central, formando dupla principalmente con Lequi, otro argentino. Simeone cumplió como el excelente profesional que es, aportando sus innatas velocidad y anticipación, salida de balón limpia desde atrás y ahora además experiencia y colocación. Pero estimo que fuimos muchos los aficionados que nos quedamos con ganas de verle disputar más encuentros en su posición natural del centro del campo.
  Y para concluir su carrera de jugador profesional, terminó por retornar a su país natal, donde disputó su última temporada y media enrolado en las filas del Racing Club de Avellaneda.
  Centrándonos en sus años atléticos, cabe decir que debutó en la primera jornada de la temporada 94-95, el día cuatro de septiembre de mil novecientos noventa y cuatro, con el colombiano Pacho Maturana de entrenador, en el estadio Vicente Calderón. Derrota contra el Valencia por dos goles (de Pirri y Caminero) a cuatro (tres de Mijatovic y uno de Salenko). Ese mismo día debutaban también Geli, otra de las estrellas del “doblete” desde su posición de lateral derecho, y el ariete colombiano “Tren” Valencia, que resultó ser un sonado fracaso. Ya desde ese primer día muchos seguidores, por su torpeza de movimientos, anticipamos lo que estaba por venir. Y su primer gol con las rayas rojas y blancas tuvo que esperar hasta la décima jornada de Liga, el día cinco de noviembre, contra el eterno rival del Real Madrid en el estadio Santiago Bernabéu, derrota por idéntico marcador, cuatro goles a dos, ya con Jorge D´Alessandro en el banquillo, una vez cesado Maturana. Obtuvo de penalti el que conformaba el marcador final. Ese mismo día el madridista Raúl debutaba en su estadio, jugaba su segundo partido y nos marcaría el primero de los goles de los muchos más que desgraciadamente nos habría de endosar. El primer gol (y además, el segundo, ese día hizo doblete) que la afición local le pudo aplaudir fue en la jornada decimotercera, victoria ante el Athletic de Bilbao por dos goles a uno (el bilbaíno de Goikoetxea).   
  Por lo que hace referencia a los datos objetivos, en sus cinco campañas rojiblancas disputó un total de 133 encuentros ligueros, distribuidos en 29, 37, 31, 28 y 8, habiendo conseguido 23 goles (6, 12, 3, 2 y 0). De esos 133, la casi totalidad (123) fueron como titular. Es decir, regularidad al máximo. Como claramente se puede apreciar, los números no mienten y su temporada más destacada (excelsa), la 95-96, fue la que más partidos disputó y más tantos consumó. Participó además en 24 partidos de Copa del Rey, todos ellos como titular, repartidos en 8 (con dos goles), 8, 3, 4 y 1; en 13 más, todos como titular, de diferentes competiciones europeas: 7 de la Copa de Europa (por entonces, ya conocida como Champions League), en la 96-97, con cuatro goles, y 6 en la Copa Intertoto de su última campaña, obteniendo un gol. Además, los dos partidos (también de titular) contra el Barcelona de la Supercopa de la 96-97.
  En su palmarés rojiblanco figuran dos títulos: obviamente, la Liga y la Copa de la temporada 95-96 (¡que por algo se la llama la temporada del “doblete!). Consiguió además la Copa de la U.E.F.A. en 1998 con el Inter de Milán, y la Supercopa de Europa, Liga y Copa italianas con la Lazio en la temporada 99-00, además de la Supercopa de Italia con el mismo equipo a inicios de la campaña siguiente.   
  Por supuesto, fue internacional con la selección argentina. Con la elástica albiceleste disputó 106 partidos, habiendo sido uno de los jugadores de su país que más entorchados internacionales ha conseguido. Anotó once goles. Disputó tres Mundiales, los de Estados Unidos 94, Francia 98 y Corea del Sur y Japón 02.
  Simeone era sinónimo de despliegue físico sobre el terreno de juego. Su capacidad de sacrificio, garra, coraje y emotividad contagiaban a compañeros y afición, al igual que hoy en día lo continúan haciendo desde el banquillo. Esas características las llevaba tan al extremo que en ocasiones se traducían en dureza y brusquedades. No obstante, siendo su capacidad de trabajo su seña de identidad más destacada y recordada, no estaba carente en absoluto de capacidades técnicas. Lo que ocurre es que las primeras primaban sobre las segundas. Prueba irrefutable de sus habilidades técnicas es que su posición de defensa central en su segunda etapa rojiblanca lo fue con el propósito del entrenador de conseguir una salida clara y limpia del balón desde la zaga. Por supuesto, sus aptitudes de orden táctico fueron también sobresalientes. Destacaba especialmente, en cuanto a su faceta goleadora, sorprendiendo a la línea de zagueros llegando desde posiciones atrasadas con velocidad y decisión, para rematar tanto con el pie (el mejor ejemplo, el gol anotado en la jornada undécima de la temporada 95-96 en La Romareda, contra el Zaragoza, cuando llegando en veloz carrera desde el centro del campo supo culminar ante Juanmi el uno contra uno que le había habilitado el mago del balón Kiko, con uno de sus magistrales pases) como, sobre todo, con la cabeza. Era un excelso cabeceador. Su velocidad, anticipación e impetuosidad le permitían conseguir un gran número de goles con la testa (y aquí el mejor ejemplo, el cabezazo lateral, anticipándose a los defensas albaceteños al saque de la falta lateral por otro genio, Pantic, en la cuadragésimo segunda y última jornada de esa misma Liga; ese día se ganó el Campeonato, y la subsiguiente imagen de Simeone corriendo por todo el campo extasiado tras su diana posiblemente sea la imagen más fuertemente arraigada en la conciencia colectiva rojiblanca).
   Tras retirarse como jugador, su capacidad de mando y liderazgo le están permitiendo convertirse en un magnífico entrenador, que antes de arribar al banquillo atlético había quemado etapas tanto en su país (Estudiantes de la Plata, River Plate o Racing de Avellaneda) como en Italia (Catania). Como ya se anticipó al inicio de este artículo, no nos detendremos aquí en sus logros como entrenador. Tan solo hacer votos para que su prometedora carrera como técnico rojiblanco nos proporcione en el futuro la mayor cantidad de alegrías y satisfacciones posible. Con que consiga alcanzar las que nos proporcionó como jugador, todos nos daremos por contentos.                

JOSÉ MIGUEL AVELLO LÓPEZ

miércoles, 18 de julio de 2012

LA FINAL DEL MALLORCA

Alineación titular
LA FINAL DEL MALLORCA

  Como continuación de la saga o serial abierto en un anterior artículo, el dedicado a la final de Lyon, continúo con el presente el repaso de todas aquellas finales (cuatro en total) a las que tuve la fortuna de poder asistir al estadio en vivo y en directo, a disfrutar en todas ellas, salvo en la primera, con la victoria final del equipo y consiguiente obtención del título en cuestión. Como allí anuncié, el recorrido será por orden cronológico, si bien entre ellas se ha intercalado la reciente final de Bucarest, a la que desgraciadamente no pude acudir, por evidentes y obvias razones de rabiosa actualidad.
  La segunda de la lista, cinco años después de la de Lyon, fue la de la Copa del Rey de la temporada 90-91, que se celebró en el estadio Santiago Bernabéu el día veintinueve de junio de mil novecientos noventa y uno, frente al Mallorca. Se venció el encuentro y se obtuvo el galardón por un gol a cero, anotado por Alfredo en la portería del Fondo Sur del estadio cerca ya del final de la prórroga, en el minuto 114.
 Como hice en el primer artículo de esta serie, y haré en los dos que aún están por llegar, repasemos en primer lugar en forma breve y somera la trayectoria para alcanzar la deseada final. No hubo que pasar muchas eliminatorias, dado que el equipo se incorporó directamente a los octavos de final, al haberse clasificado para disputar la Copa de la U.E.F.A. (en la que por cierto, nos eliminó en primera ronda el equipo rumano de la Politécnica de Timisoara). No obstante, las sobrepasadas tuvieron un mérito extremo, puesto que en octavos de final se eliminó al eterno rival del Real Madrid, en cuartos al Valladolid y en semifinales al por entonces todopoderoso Barcelona, ganador por aquellos años de cuatro Ligas consecutivas y de su primera Copa de Europa. Sin embargo, todavía no era conocido como “Dream Team”,  ya que dicho sobrenombre no le fue impuesto hasta después de los inolvidables Juegos Olímpicos de Barcelona 92, como remedo del legendario equipo de baloncesto estadounidense, la mayor constelación de estrellas que jamás se hayan podido juntar sobre parqué alguno (Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird, Patrick Ewing, Scottie Pippen, Charles Barkley…).
Schuster en acción
 El partido de ida de los octavos de final contra el Real Madrid tuvo lugar en el estadio Santiago Bernabéu el día siete de febrero de ese año. Empate a uno. A los 36 minutos Rodax, a pase de Manolo, en veloz contragolpe inauguraba el marcador. Poco después, en salto para rematar de cabeza, chocó con Sanchís y se fracturó en forma aparatosísima el pómulo. Empató Hugo Sánchez en el minuto 56, de chilena a la salida de un córner. El partido de vuelta en el Vicente Calderón, el día veintisiete de febrero. Se aguantó el resultado y no sólo eso. Además se venció en el partido por un gol a cero, anotado por el hispano-brasileño Donato en el minuto 57, al peinar de cabeza una falta botada por Schuster.  
 Siguiendo una inveterada costumbre del fútbol español que ya se ha perdido, las rondas finales y decisivas tuvieron lugar todas de corrido en junio, una vez que el Campeonato de Liga hubo concluido, jugando tanto entre semana como el fin de semana. El partido de ida de los cuartos de final, contra el Valladolid, se disputó en el Nuevo Zorrilla el día trece de junio. Cómoda victoria por cero goles a dos, obtenidos además en breve lapso de tiempo. El primero, por el central canario Juanito, de cabeza al remate de una falta lateral botada por Schuster con su proverbial maestría, en el minuto 13 (el comentarista invitado que narraba el partido por televisión, Jorge D´Alessandro, futuro entrenador nuestro, anunció el gol tan pronto como el esférico salió de la bota del genio alemán). Y el segundo, en el minuto 28, por el mismo centrocampista germano, en lanzamiento directo de falta (que probablemente fuera una de las pocas facetas del juego en las que sobresaliera aún más que en sus faltas centradas para ser rematadas). La vuelta en casa tres días después, dieciséis de junio. Y susto. Vencieron los vallisoletanos por un gol a cero, obtenido por el ariete Fonseca en el minuto 81, de penalti. Sufrido tramo final de encuentro, al que estamos acostumbrados de sobra los fieles seguidores rojiblancos, pero se defendió el resultado y se pasó de ronda.
 Semifinales contra el Barcelona, favorito supremo. La ida en el Nou Camp, el día veinte de junio. Fue uno de los partidos más completos disputados con la camisola rojiblanca por Futre, precisamente en un tiempo en el que estaba siendo fuertemente criticado por bajo rendimiento, que obtuvo el primer gol en el minuto 35, en una precisa y preciosa vaselina sobre Zubizarreta, y colaboró en el segundo, anotado por Manolo a los 60 minutos. De nuevo tres días después, veintitrés de junio, la vuelta en el Calderón. Y de nuevo susto. Partido vibrante, emocionante y, como rezan los cánones, con alternativas en el marcador. A los veinte y veintisiete minutos, Julio Salinas había obtenido dos goles  y empatado la eliminatoria. Justo antes del descanso, minuto 44, Solozábal anota y la vuelve a poner a nuestro favor. Ya en la segunda parte, el Barcelona logra el tercer gol en el minuto 71, por mediación de Koeman, y de nuevo pasan ellos, por el valor doble de los goles en terreno ajeno. No fue hasta el minuto 79 cuando Manolo obtuvo el definitivo dos a tres que nos permitió franquear la eliminatoria.
 ¡Y a la gran final!. En el estadio y fecha anteriormente señalados.  El rival, el Mallorca, que por entonces llegaba por primera vez en su historia al partido último. Luego repetiría en dos ocasiones más: en 1998, contra el Barcelona, perdiendo la final por penaltis, y en 2003, contra el Recreativo de Huelva, donde por fin la ganó por tres goles a cero.
Ahora Futre contra Serer
 En aquella época, no era tan frecuente como lo puede ser ahora, en donde existen mejores medios de transporte, viajar con el equipo a presenciar partidos fuera de casa, aunque se tratara de grandes finales. Es por ello que las zonas del estadio reservadas para aficionados mallorquinistas presentaron grandes claros. Con el agravante añadido de la insularidad, no pudieron desplazarse todos los que lo desearon. Por el contrario, para nuestra afición el viaje era por supuesto infinitamente más cómodo y económico. Apenas el precio de un billete de Metro o de autobús. En cuanto al reparto de entradas, tampoco recuerdo que se armara tanto alboroto como ha llegado a acaecer en finales posteriores. Los que quisimos acudir pasamos unos días antes por las taquillas oficiales del Vicente Calderón, esperamos la pertinente cola, nada escandalosa, y obtuvimos nuestras localidades. En mi caso concreto, se ubicaba en el segundo anfiteatro de Fondo Norte, bastante centrada, es decir, en línea con las porterías. En ese año, esa localidad correspondía a uno de los puntos más elevados del estadio (a excepción del famoso tercer anfiteatro de lateral o “gallinero”, donde había acudido a presenciar derbis ligueros en numerosas ocasiones), dado que hasta el año siguiente no se acometerían obras que se traducirían en una profunda transformación del estadio, elevando su altura considerablemente.
 Las alineaciones fueron las siguientes: por nuestro equipo salieron Mejías; Tomás, Ferreira, Juanito, Solozábal, Toni; Vizcaíno, Schuster, Orejuela (Alfredo, minuto 61); Manolo y Futre (Sabas, minuto 87). Como curiosidades de esta alineación, cabe recordar varios detalles. El primero, que Mejías, debido a una infortunada lesión del cancerbero titular Abel cerca del final de la temporada (precisamente el año en que conquistó su legendario record de imbatibilidad, aún vigente, de 1275 minutos) se había visto obligado a ocupar la portería en las rondas finales, desde cuartos de final, después de varios años de figurar en la plantilla pero apenas disputando minutos. En el partido de vuelta contra el Barcelona, no había tenido una actuación muy convincente. Por eso muchos aficionados acudían a la final con poca seguridad en sus prestaciones. Afortunadamente toda duda se disipó pronto. No es que el Mallorca atacara mucho, pero Mejías, en uno de sus últimos actos de servicio al Club, desarrolló un encuentro serio, sobrio y solvente. El segundo, que el extraordinario centrocampista que fue Orejuela había recobrado recientemente la titularidad después de dos desgraciadísimos años de lesión tras lesión. No pudo aguantar mucho sobre el terreno de juego, por eso fue el primer sustituido, pero le dio tiempo para mostrar en una final su innegable calidad. El tercero, que no atañe directamente a los jugadores sino al banquillo es que el entrenador de casi toda la temporada (Joaquín Peiró fue cesado en la pretemporada), el croata Tomislav Ivic, recientemente fallecido, había sido a su vez cesado justo inmediatamente antes de este partido. Su puesto lo ocupó, por primera y única vez en su curriculum, Iselín Santos Ovejero, el viejo “cacique del área” de los años setenta. Y el cuarto, que este novísimo entrenador respetó la configuración táctica de su antecesor en el cargo durante esa temporada (obviamente no tuvo mucho tiempo para grandes cambios), y que tan buenos resultados le habían dado: es decir, tres centrales, dos laterales de largo recorrido, tres centrocampistas, de los cuales dos trabajaban para que luciera Schuster y arriba dos de las estrellas del equipo, Manolo y Futre, ninguno de los cuales era delantero centro puro (es decir, que más de veinte años antes, nuestro equipo ya jugaba con el “delantero centro falso o mentiroso” que tan en boga han puesto en este último ejercicio tanto el Barcelona como la Selección española).
 Por el Mallorca: Ezaki; Pedraza, Del Campo, Fradera, Serer; Parra, Marcos (Álvaro, minuto 54), Nadal, Soler, Armando; y Hassan (Claudio, minuto 80). Ezaki y Hassan era internacionales marroquíes. Parra y Armando antiguos jugadores nuestros. Nadal y Claudio futuras estrellas de la Selección española que poco después recalarían en el Barcelona y en el Deportivo de la Coruña, respectivamente.
Alfredo, autor del único gol
 El árbitro fue Joaquín Ramos Marcos. Con gran disgusto previo por parte de la mayoría de la afición rojiblanca. Ya nos había “birlado” una final anterior, la de 1987 contra la Real Sociedad, ignorando en el último minuto uno de los penaltis más claros que jamás haya podido presenciar sobre un terreno de juego, cometido por el realista López Rekarte sobre nuestro centrocampista Julio Prieto. Además de otras muchas desafortunadas actuaciones anteriores, y también posteriores.
 Y en cuanto al desarrollo del encuentro en sí, no hubo mucha historia que recordar. Los mallorquinistas asumieron desde el principio su rol de aspirante y se dedicaron a esperar atrás, muy bien protegidos, desplegando un extraordinario juego defensivo, entregando el balón y la iniciativa a los rojiblancos. Futre no tuvo un día especialmente inspirado, lo que provocó su sustitución. Los atléticos tampoco lograban llegar con excesivo peligro a la portería rival. Prórroga. Más de lo mismo. Y cuando ya todos pensábamos en el desempate mediante penaltis, que era en realidad lo que los bermellones buscaban a esas alturas, el desenlace final. Minuto 114. Sabas, sustituto de Futre, recibe de Schuster un pase esquinado al borde del área. Dispara centrado pero con inusitada fuerza para un cuerpo tan pequeño. Ezaki logra rechazar el esférico, pero lo deja muerto en el área pequeña. Alfredo, sustituto de Orejuela, remata como puede, con la pierna izquierda, su menos buena, casi trastabillándose, pero es un disparo cercano y con la portería desguarnecida. ¡Gol!. Tras años de sequía, la euforia y la alegría invade todos los corazones atléticos, tanto de los que estábamos presentes en el estadio como de los miles y miles más que estaban allí representados. Curiosidad: los dos actores principales del celebérrimo gol habían salido desde el banquillo.
Recogiendo la Copa
 Era el primer título de la era Gil. Se festejó como se merecía. Y además de su importancia intrínseca, este título tuvo una especial trascendencia, cual fue el hecho de que parte de ese festejo fuera la inauguración de las celebraciones en Neptuno, tal y como se relató en su momento en uno de los primeros artículos de este blog, al que me remito para evitar repeticiones innecesarias. Ese día se inició una tradición que ojalá se reverdezca vez tras vez. Este mismo año, sin ir más lejos, con la final de Bucarest.
                         

JOSÉ MIGUEL AVELLO LÓPEZ

miércoles, 11 de julio de 2012

MILIÁN

MILIÁN

  Cuando en la década de los ochenta se utilizaba en el ámbito deportivo la palabra “contraataque” había dos nombres propios que de inmediato acudían a la mente de los aficionados al deporte. Uno era el baloncestista madridista, que durante muchos años defendió los colores de la Selección, Juan Manuel López Iturriaga, que jugaba en la posición de alero. En cuanto su equipo conseguía recuperar el pelotón de baloncesto (y es posible que incluso antes, que anticipase la acción, y que ese fuera parte de su secreto) salía raudo y veloz en busca de la cesta adversaria, para recibir el pase adelantado y encarar un fácil uno contra ninguno que vez tras vez concluía con una sencilla bandeja (carecía de las facultades físicas necesarias para clavar los espectaculares mates que poco después se pondrían en boga). En aquellos tiempos, y aún en los presentes, se le calificaba por esa cualidad con el adjetivo de “palomero”. Y el otro era el balonmanista atlético, que igualmente defendió durante muchos años los colores de la Selección, Agustín Milián. Jugando desde el extremo, poseía asimismo una capacidad tremebunda para anticipar acciones y salir con inusitada velocidad al contraataque tan pronto como sus compañeros recuperaban el balón en defensa, ya fuera por méritos propios o por deméritos, en forma de pérdidas de esférico, de los rivales. Cierto es que los contragolpes fulminantes es una de las acciones más características del balonmano; y cierto es también que esas acciones suelen ser llevadas a cabo por los extremos, que son los jugadores más livianos, ágiles y rápidos. Pero disfrutar a Milián culminando una contra era un espectáculo inenarrable. Yo, personalmente, jamás he visto nada igual. Presenciando los partidos en directo, había ocasiones en las que no se sabía dónde se encontraba la pelota en ese preciso momento para de inmediato ver al extremo atlético encarar la portería adversaria, con altísimo porcentaje de acierto.     
Milián con el número 10, al lado de Lorenzo Rico.
 Agustín Milián Gracia nació en Barcelona el día veintiocho de agosto de mil novecientos cincuenta y ocho. Tras despuntar en equipos colegiales de su ciudad natal, recaló en el Barcelona muy jovencito, donde apenas llegó a jugar un par de campañas. En la temporada 79-80, con veintiún años recién cumplidos, es fichado por el Atlético de Madrid. Recuerdo con ocasión de su fichaje una entrevista en el por entonces único medio oficial del Club, la “Revista del Atlético de Madrid” (ya la mencioné en el artículo dedicado a Benegas), de periodicidad mensual. En dicha entrevista, Milián destacaba sobre todo su polivalencia, ya que podía jugar indistintamente en cualquiera de los dos extremos y, además, en el pivote.
Temporada 78-79: el barcelonista Milián dispara ante el atlético
Pagoaga. Al año siguiente permutarían equipos. 
 Lo cierto es que esa polivalencia, en sus años atléticos, dio paso por el contrario a una marcada especialización. Que yo recuerde, siempre le vi jugar de extremo derecho, siendo diestro, lo que, pese a parecer un contrasentido, no es lo normal. Recalquemos, como ya se hizo en el artículo dedicado a Lorenzo Rico, sobre todo para aquellos lectores que no sean entendidos en balonmano, que en este deporte, los extremos y los laterales juegan, en expresión que últimamente se ha trasladado al mundo de fútbol, “a banda cambiada”, es decir, los diestros por la izquierda y los zurdos por la derecha, para así poder disponer de un mayor ángulo tanto de pase como de tiro. Agustín Milián era una de las excepciones. Siendo diestro, jugaba de extremo derecho. Tenía que sacrificarse al no existir extremos zurdos en la plantilla. Su habitual compañero en el contrario era el también diestro Paco Parrilla. Poco después, arribarían desde la cantera los dos Garcías, Fernando (diestro) y Quique (éste ¡por fin! zurdo). En sus proverbiales y recordados contraataques eso no tenía mayor importancia. Pero sí en los ataques estáticos donde, tras lograr sus compañeros una trabajada superioridad por el extremo, le pasaban el balón y, tras saltar sobre la línea de seis metros, afrontaba al cancerbero rival con un ángulo de tiro disminuido. Es entonces cuando entraba en juego otra de las grandísimas virtudes de Milián: sus rectificados. En el mundo del balonmano, como siempre (y más antes que ahora) ha sido difícil encontrar extremos y laterales zurdos, los diestros tenían que aprender el arte del rectificado, en el que Milián era un consumado maestro y especialista (recuerdo también los espectaculares del bidasotarra Suspérregui). El rectificado consistía (y hablo en pasado porque ya casi no se ven) en forzar con el cuerpo un escorzo, de tal forma que el tronco se desplazaba lo más posible hacia la zona central de la cancha, alejándose del lateral, protegiendo además el balón de posibles robos con el encogimiento del brazo, y así, mediante ese desplazamiento, ayudado obviamente por el de las  piernas, el extremo que buscaba el lanzamiento obtenía una posición más centrada y, por ende, un mayor ángulo de tiro.
 Otra de las principales cualidades de Milián era su intensidad defensiva, a la que evidentemente colaboraba su velocidad de piernas. Era un especialista en defender (y “secar”) a grandes extremos adversarios. En este sentido, para destacar la importancia de su rol defensivo, cabe recordar que con motivo de la inolvidable final de la Copa de Europa de la temporada 1984-85 contra el todopoderoso equipo yugoslavo de la Metaloplástika, el legendario entrenador de nuestro equipo y actual Presidente de la Federación española de balonmano, Juan de Dios Román, se arriesgó a agravar la lesión que por aquel entonces estaba padeciendo Milián para el solo hecho de que éste pudiera jugar la final y defender en la medida de lo posible al extraordinario extremo yugoslavo Isakovic, el cual, en palabras del entrenador español era “el mejor jugador del Mundo” (entrevista en “El País”, trece de abril de mil novecientos ochenta y cinco, día de la final). Para que nuestro extremo llegara con cierto tono al gran partido le hizo jugar el fin de semana inmediatamente anterior contra el Barcelona en el Palau Blaugrana. Milián, recién salido de una lesión, no tuvo su mejor día y sucumbió ante dos extraordinarios rivales barcelonistas como eran Cabanas y Sagalés. Pero consiguió el rodaje necesario y pudo disputar la gran final con garantías físicas. Ese grandioso encuentro ya fue rememorado pormenorizadamente en el artículo que le dediqué a Lorenzo Rico, al que me remito para evitar repeticiones innecesarias. Tan sólo recalcar ahora que fue uno de los ambientazos más eléctricos que jamás haya podido vivir en evento deportivo alguno y que el antiguo Palacio de los Deportes madrileño (pre-incendio) estuvo a rebosar con incontables banderas y bufandas rojiblancas al aire.   
Final ante Metaloplastika. Milián, tercer agachado por la derecha
  Jugó con nuestro equipo nueve temporadas, en las que consiguió cuatro Ligas (80-81, 82-83, 83-84 y 84-85, todas ellas con Juan de Dios Román de entrenador) y tres Copas (80-81, 81-82 y 86-87). Habitualmente portaba, tanto en espalda como en pecho, el número 10.
 Fue internacional en ciento cinco ocasiones, disputando con la Selección española los Juegos Olímpicos de Moscú 80, en los que se obtuvo la quinta posición, y Los Ángeles 84, en los que se consiguió la octava. En particular, he podido leer en entrevistas diversas a nuestro personaje de hoy que recuerda con especial agrado la quinta plaza de Moscú, dado que hasta entonces el equipo nacional no había conseguido éxito relevante alguno y ese puesto les supo a gloria, aderezado además por el excelente ambiente que se disfrutó en ese equipo y en ese torneo. Fue el aldabonazo, similar al que en la misma competición experimentó la selección nacional de baloncesto, que hizo despertar el interés nacional por este bellísimo deporte y que con el paso del tiempo trajo maravillosos logros.
 El número de ciento cinco internacionalidades puede parecer excesivo. En realidad, es el jugador español número treinta y ocho (hasta la actualidad) en el ranking de entorchados. Ello es debido a que en ciertos deportes (los principales paradigmas serían tanto el balonmano como el baloncesto) en los grandes torneos internacionales se disputan un elevado número de encuentros, en numerosas ocasiones incluso a diario, lo que motiva que el número de internacionalidades se disparen. De hecho, el internacional español a día de hoy con mayor número de entorchados es el histórico portero barcelonista David Barrufet, con 280.
 En otras entrevistas que he leído sobre Milián recientemente, siempre recuerda con sumo cariño su etapa rojiblanca. Empezó muy crío en el Barcelona pero el haber sido traspasado a nuestro club siendo aún tan joven provocó que toda su plenitud y consagración, tanto a nivel deportivo como personal, se produjeran defendiendo la elástica de rayas rojas y blancas. Se siente plenamente identificado con la ciudad de Madrid. De hecho, tras su retirada continúa viviendo en ella, habiéndose desvinculado por completo del mundo balonmanístico y dedicándose a sus negocios privados de suministros para cines y teatros y a jugar al golf.
 También comenta en esas entrevistas que el maravilloso e inolvidable grupo personal que se conjuntó en la década de los ochenta continúa viéndose. Aquí podemos citar también, además de los que han ido desfilando por las líneas anteriores a Juanón de la Puente, Manolo Novales, Rafa López León, Juanjo Uría, Luisón García, Javier Reino, Chechu Fernández, Juanqui Román o el mítico Cecilio Alonso. Todos ellos imperecederos en la memoria de aquellos atléticos a los que, además del fútbol, nos encantaba acudir los domingos por la mañana o los sábados por la tarde al entrañable polideportivo Antonio Magariños a disfrutar de la intensidad y emoción de un deporte tan excitante como puede llegar a ser el balonmano. Y que además nos proporcionaba alegrías sin fin en forma de títulos y de partidos imborrables. Todos ellos recuerdan esa época con nostalgia y hacen votos porque la reciente recuperación de la sección para nuestro club no sea una mera coyuntura pasajera y se perpetúe años y años. Que así sea.       
            


JOSÉ MIGUEL AVELLO LÓPEZ